algo de ella había quedado grabado en sus entrañas y le era imposible poner atención al bullicio que inundaba la iglesia. jamás había llegado a considerarla la luz de sus ojos. ella era la oscuridad que lo consumía, el huracán que lo embriagaba de dudas, que sacudía su corazón con descaro y lo hundía en lo más profundo del océano. sentada, tan pura y traslúcida, como si su cuerpo estuviera hecho de seda, él podía jurar que le veía el alma. sabía que nadie más podía percibirla de la forma en la que él lo hacía y, sin embargo, no podía evitar sentir cómo su corazón punzaba de enojo cada vez que alguien se arrodillaba frente a ella, cada vez que le tomaban las manos para, entre rezos y oraciones, suplicarle un milagro.
él había recorrido cada parte de su cuerpo, cada centímetro de su alma, cada fibra de su piel y, aún así, deseaba más. y ahí estaba ella, con la mirada perdida, posiblemente pensando en algo que no era él. no había rastro de sentimiento alguno en su rostro, no había brillo en aquellos ojos marrones que tanto admiraba: solo una simple mirada vacía que le hacía temblar el cuerpo.
"el Señor esté con ustedes"
era pecador, lo sabía. se odiaba por pensar constantemente en el dulce sabor de sus labios y no en las consecuencias de sus caricias, y frente a él estaba ella, pecadora, su perdición. no quería aceptarlo pero, ¿quién era él para oponerse a la palabra del Señor? la había elegido. no era suya y jamás lo sería. se doblegaba. se maldecía.
ella lo miró y toda la fe que había perdido a lo largo de su vida volvió a revolotearle el corazón, por ella. porque había renunciado a Dios y frente a él estaba su nueva diosa; la mujer a la cual quería venerar por el resto de su vida, su mayor santa y su peor pecado.
"Y con su espíritu".
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