Un fin de semana de verano, estuve en Mar del Plata. Dejé mi habitación desolada y mi gata al cuidado de mi mamá. La última vez que vi a mis suculentas, estaban bien. No brillaban como quisiera pero se mantenían de pie, firmes en sus macetas deseándome un buen viaje.
Volví de mis días en la playa y me recibió la oscuridad de mi barrio. Estaba sin luz, justo una noche calurosa donde había más probabilidades de ser invadidos y conquistados por los mosquitos que por los aliens. Al día siguiente, presencié una tragedia. Solo estuve ausente tres días pero bastó ese tiempo para que mis plantas desaparecieran. Solo había tierra en las macetas, ni una sola hoja. Como si nunca hubieran existido. ¿Mi ausencia las entristeció? Si, reconozco que no les daba agua y solo lo hacía cuando me acordaba. Pero siempre estaban ahí a pesar de las adversidades.
Esta experiencia... ¿no les suena? Confiando en que mis plantitas me esperarían cuando yo apenas me esforcé en cuidarlas. Se cansaron de estar presentes, añorando por la posibilidad de recibir un poco de agua. Si no se las cuida, se van en busca de otra persona que las sepa tratar como se debe. Lo mismo que hacen las personas cuando se sienten rechazadas, olvidadas, humilladas. Van en busca de alguien que les dé la atención que necesitan, el respeto que merecen y, sobre todo, el amor sin pedirlo.
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