Hay días
en los que camino entre la gente
como si hubiera aprendido el idioma de los fantasmas.
Nadie gira la cabeza.
Nadie pregunta mi nombre.
Nadie nota el ruido de mis pasos,
ni el cansancio que llevo escondido debajo de la piel.
Es extraño sentirse vivo
y, aun así, parecer invisible.
Sonrío por costumbre,
porque aprendí que la tristeza incomoda,
que el silencio no vende historias,
y que el mundo sigue girando
aunque alguien se esté desmoronando por dentro.
A veces pienso
que podría desaparecer un lunes cualquiera.
La silla donde me sentaba
sería ocupada por alguien más.
Mis conversaciones
quedarían enterradas bajo mensajes nuevos.
Mis fotografías
terminarían olvidadas entre miles de recuerdos.
Y entonces me pregunto:
¿Realmente alguna vez estuve aquí?
Porque uno empieza a dudar de su propia existencia
cuando nadie parece notar su ausencia.
Hay abrazos que nunca llegaron.
Mensajes que jamás fueron enviados.
Cumpleaños donde el teléfono permaneció en silencio.
Victorias que nadie celebró.
Derrotas que tuve que enterrar solo.
Y poco a poco
aprendes a hacerte pequeño.
A hablar menos.
A sentir menos.
A esperar menos.
Porque esperar duele.
Porque ilusionarse cansa.
Porque creer que alguien vendrá
es una forma lenta de romperse el corazón.
He visto cómo la gente recuerda a quienes hacen ruido,
pero olvida a quienes aprendieron a llorar sin hacer ninguno.
El mundo parece tener prisa.
Prisa para amar.
Prisa para olvidar.
Prisa para reemplazar.
Y uno termina convirtiéndose
en una sombra que respira.
Hay noches
en las que miro el techo durante horas
preguntándome si alguien notaría
que dejé de existir.
No por deseo de desaparecer.
Sino por la curiosidad de saber
si alguna lágrima llevaría mi nombre.
Si alguna voz diría:
"Lo extraño."
O si el universo seguiría exactamente igual,
como si jamás hubiera ocupado un lugar en él.
Tal vez esa sea la herida más silenciosa:
No sentir odio.
No sentir rechazo.
Sino sentir indiferencia.
Porque el odio, al menos, demuestra que alguien te vio.
La indiferencia...
La indiferencia te atraviesa como si fueras aire.
Y el aire nunca recibe un gracias.
Nunca recibe un te quiero.
Nunca recibe un quédate.
Solo pasa.
Solo existe.
Solo sostiene vidas que jamás sabrán su nombre.
He aprendido a fingir que no importa.
A reír cuando quiero romperme.
A responder "todo bien"
aunque por dentro haya ciudades enteras incendiándose.
Porque nadie pregunta dos veces.
Porque todos tienen sus propias guerras.
Y las mías parecen escritas en tinta invisible.
Quizás algún día alguien vea más allá del ruido.
Alguien note que detrás de cada sonrisa ensayada
hay un corazón agotado de intentar ser suficiente.
Quizás alguien descubra
que incluso los árboles más fuertes
también se parten por dentro.
Y si ese día nunca llega...
Si sigo siendo un rostro perdido entre millones...
Si mi nombre termina desvaneciéndose con el tiempo...
Entonces solo espero haber dejado, aunque fuera una vez,
una pequeña luz en la vida de alguien.
Porque incluso una estrella que nadie mira
sigue iluminando la oscuridad.
Y aunque a veces sienta
que para los demás no existo,
que soy apenas un eco perdido en un mundo demasiado ruidoso,
seguiré respirando.
Seguiré levantándome.
Seguiré escribiendo mi historia.
No para que todos la recuerden.
Sino para demostrarme a mí mismo
que existí.
Que sentí.
Que amé.
Que luché.
Y que, aunque el mundo nunca aprendiera mi nombre,
mi vida tuvo un peso.
Porque incluso las personas que se sienten invisibles
dejan huellas que muchas veces jamás llegan a ver.
Y quizá esa sea la mayor tragedia...
o la mayor esperanza.
> También existen los mensajes que nunca encuentran un hogar.
Escribes con la esperanza de que, al otro lado de la pantalla,
alguien responda con el mismo interés con el que tú esperaste.
Pero el teléfono permanece inmóvil,
como un cementerio de notificaciones que jamás llegaron.
Y cuando por fin aparece una respuesta,
pesa más el vacío que las palabras.
Porque contestan tarde,
contestan con frases tan cortas
que parecen escritas por compromiso.
Como si hablar contigo fuera una tarea pendiente,
una obligación más del día,
y no el deseo genuino de saber cómo estás.
Entonces vuelves a releer la conversación,
buscando en cada palabra una señal de que importas,
de que alguien realmente quiso quedarse.
Pero solo encuentras silencios disfrazados de mensajes,
respuestas sin alma,
conversaciones que sobreviven porque tú las sostienes.
Y llega un momento en el que dejas de escribir.
No porque ya no tengas nada que decir,
sino porque duele sentir que siempre eres tú quien llama a puertas
donde nadie tenía pensado abrir.
Ahí es cuando entiendes que la peor soledad
no es estar sin gente alrededor...
sino sentir que, aun teniendo a quién escribirle,
no existe nadie que realmente esté esperando un mensaje tuyo.
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