No hay identidad
que me sea dada
de mi ciudad.
Soy el rocío
en su noche de paso.
Avergüenzo a las centellas,
estrellas que palidecen de día
y gobiernan la niebla.
Y me nublan:
mi dulzor,
en su piso,
no se mece.
Soy el averío de su calle,
la verdosa plaga del moho
y los moscardones que posan,
reposan en lápidas grisáceas.
Pero yo no debo,
no debo nunca volar por encima,
hacer de mi aposento la tumba
y el remanso de algún muerto.
No debo molestar al tiempo;
debo afligirme en el verbo,
ser un rocío de inexistencia
y hacer presencia,
como moscas sobre la gélida carne.
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