Hay noches en que la ciudad no es más que un tablero de ajedrez donde nadie sabe bien qué pieza le tocó jugar.
Desde la ventana, con anteojos de carey y auriculares en la sien, se puede ver pasar la vida como una propaganda de bronceador. Tipos en autos de lujo jugando a ser Tarzán, buscando chicas bajo un sol de mentira, regalando manzanas y estimulando memorias ajenas por una pantalla iluminada. Dos pobres millonarios encontrándose en la nada. Se creen los reyes de la selva, pero uno sabe que solo son actores en un escenario solitario. Nací para mirar lo que pocos quieren ver; con la máquina de mirar compagino la inocencia con la piel, el deseo con el peligro de morir.
Pero cuando la luna baja los telones y cae la noche otra vez, la lente se da vuelta. Ya no miro hacia afuera: me miro al espejo y me encuentro con un náufrago sincero.
Escribo puro, escupo acero a cero. A veces sos feliz a lomos de un verso indomable, pero en la madrugada la piel se vuelve un lugar inhabitable. Un desierto frío donde el orgullo se esconde gritando preguntas que solo reciben silencio. ¿De qué sirve la gloria o la corona de sudor si al final la habitación está llena de todo y de nada? Pensamos que el infierno es un fuego eterno, cuando en realidad es este pecho helado tiritando en pleno invierno, odiando al que ama y amando al que desprecia.
En mitad de esa penumbra, busco respuesta en el fondo de una copa. El vino entibia sueños al jadear desde su boca de verdeado dulzor, y entre los libros de la buena memoria me quedo oyendo como un ciego frente al mar. Esta botella se ha vaciado tan bien que ni los sueños se cobijan del rumor. "Licor, no vuelvas ya, deja de reír... ya se ven los tigres en la lluvia". La fiebre de un sábado azul y un domingo sin tristezas esquiva al corazón y destroza la cabeza. Cambiaste de tiempo, de amor, de música y de ideas. Cambiaste de color y de fronteras. Pero en sí, nada más cambiarás.
Miro mis manos manchadas de dudas y bebidas. No sé si construyen o destruyen. Los años no caminan, huyen. Y en ese escape, la muerte —la dama de la guadaña— se vuelve una presencia familiar a la que le hablo en la oscuridad sin usar linterna. La veo pasar los sábados, los domingos y las primaveras, mientras busco de reojo un tesoro que no aparece.
"Vida mía, nada es cierto", murmura una voz entre la niebla. "Sé feliz de una vez y despoja tu despecho. Ven, apoyate en mi pecho".
Y por un segundo, la rabia busca disolverse en la inocencia. A lo lejos, en la penumbra del cuarto, hay un niño dormido. Quizás tenga flores en su ombligo y sus dedos se vuelvan pan. Sueña con barcos de papel sin alta mar y bicicletas de cristal en un mundo hecho de chocolatín. Se ríe en sueños porque esta vez se siente gorrión. Que nadie, nadie lo despierte. Déjenlo que siga soñando felicidad, destruyendo trapos de lustrar, alejándose de todo mal.
Pero el reloj en el puño marca las tres de la mañana.
En la pantalla, en la vida, en el ser, el vacío se vuelve insostenible. Y la mente busca refugio en el sueño de un sol, de un mar y de una vida peligrosa, cambiando lo amargo por miel y la gris ciudad por rosas. Un sensual abandono viene con el fin. Llevas el caño a tu sien, apretando bien las muelas. Cerras los ojos y ves todo el mar en primavera;
Bang, bang, bang.
Hojas muertas que caen. Siempre igual. Los que no pueden más, se van.
Al final, ni la escritura, ni el Mercedes Benz, ni el dinero que sumamos nos salvan del abismo si estamos solos. No somos más que polvo con delirios de grandeza. Por eso abraza a los tuyos hoy, que el tiempo es un veneno que no hay rezo que lo sane, y lo único que realmente nos llevamos es el amor que nos dejamos. Y quizá una sola palabra, incluso con alguna falta de letra, bastaba para llenar toda esta inmensidad.
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