Me lanzaste al suelo
como un árbol que no sabe de raíces,
como si el amor fuera solo un vértigo
de caídas y ausencias.
No sabés cuidar lo que amás,
porque a vos te enseñaron
que el dolor es una lengua secreta
y que el silencio guarda todo lo que no puede decirse.
Padre,
te vi dibujar abismos
con las manos que debían sostenerme,
repetiste el eco de tu infancia
en cada gesto,
como si en vos aún viviera
ese niño que nadie escuchó llorar.
Tu sombra se desliza por mis días
como un fantasma sin nombre,
¿quién te enseñó a olvidar
que alguna vez fuiste el que necesitaba cuidado?
Ahora,
yo también camino entre tus ruinas,
aprendiendo a no esperar
que las manos puedan sanar
cuando solo saben de golpes.
Caímos juntos,
vos y yo,
en este ciclo que arde como un silencio sin fin.
Y en el eco de tu voz que nunca dijo mi nombre
se derrumba el techo de esta casa vacía,
una vez más,
una vez más.
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