Aguanto la respiración.
El silbido nocturno llama.
No es una calle cualquiera:
empieza y termina.
No corras
del coraje que no tuviste.
No pudiste hilar una idea mejor.
Surcos del jardín,
cicatrices de veredas.
Los árboles milenarios
cuidan como ángeles.
La persiana y el farol
sonaban.
Y todos corriendo.
El súper atento,
nos pide una luz.
No sabe a dónde va.
Su apuro lo delata.
Cuenta segundos y palabras.
El arcángel lo castiga
cuando espía detrás del muro.
Lo deja mudo.
Él desespera,
pero es inequívoco.
Tractores a pedal, disimulados.
“Yo no soy.”
“Yo no hice nada.”
¿Pero si nadie te busca?
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Damaso
Reside en la eternidad y su reinado vive cuando los relojes mueren. Despiertan los predestinados a ser lo fuera de lo normal por poseer el don de ser portador del bello milagro.
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