“¿Dónde irán mis huesos
cuando las llamas
arranquen su color
marfil?
Las tierras que pisé
perderán las huellas
de mis botas,
y los árboles dónde
mi nombre tallé
habrán desaparecido
para entonces.
No quedará el tacto
de mis labios
o el habla
en los oídos
de quienes, las flores,
ahora súbditas de la
muerte,
arropan cuidadosamente
en una escena macabra
dónde los cadáveres
alimentan a las
bacterias.
La desolación
cambiará de nombre
y portará sobre sus
espaldas
las cenizas de los
animales que un día
bebieron de los ríos
—ahora secos—.
Ya no queda nada.
Todo lo que
conocía
desapareció, arrasando
con los recuerdos
y memorias
de un yo
vivo.”
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