Éramos fuego en la tormenta,
un faro en la inmensidad,
pero tu sombra creció en la niebla,
y aprendí el peso de la falsedad...
Te di mi mano, mi risa, mis días,
confié en la luz de tu verdad,
pero en tu boca nacían mentiras,
y en mi pecho, la tempestad...
Me clavaste el puñal de la duda,
el filo cruel de la traición,
y aún preguntas por qué en mis ojos
solo queda decepción.
Crees que el tiempo lo borra todo,
que el dolor se puede callar,
pero hay heridas que no se cierran,
y cicatrices que saben sangrar...
No entiendes que el lazo ha muerto,
que el puente se hizo cenizas,
que la amistad no vuelve a un cuerpo
cuando el alma se hace trizas...
Así que no busques mis pasos,
no preguntes por mi voz,
pues donde antes había un amigo,
ahora solo queda adiós...
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