Fértiles tierras rodean la rosa marchita,
y el sol de tus ojos incandescentes se ha apagado.
Pérfidos colores reúne este alma que imita
el sentir de la soledad en su ser ultrajado.
Hacer frente a lo que ya es nada;
atravesar un oscuro pasillo hacia laberintos y puertas;
sutiles sombras parecen esperar su llamada
y a la plenitud, con alegría, te prestas.
El frío es tu única compañía y la escena blanca
desafía el malestar, pero aun así te guardaste,
en las noches de insomnio, una melodía ancla,
una guitarra y un tizón de esperanza agreste
porque el fin ya se hizo presente
en las ruinas de lo que supo ser un hombre.
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