Yo
no fui dicho,
fui rajado.
El alfabeto me niega
sus ruinas,
las letras, amputadas,
coagulan en la boca.
Mamá me tejió
con hilos de humo
y nombres impronunciables.
Hablo,
y lo que nace
es
otra tumba.
Cada emoción:
una cámara sellada
llena de espejos
que no devuelven rostro.
Soy yo
pero después del fuego.
Los otros,
los ruidosos,
se lavan las manos
con likes,
cuelgan sus medallas
en las costillas
de los silenciosos.
No hay idioma
para este invierno:
las sílabas mueren
antes de parirse,
como pájaros
con los ojos arrancados.
Memoria:
esa herida que florece
sin tierra.
La identidad:
un número escrito
con tiza mojada
sobre un muro que llora
sólo hacia adentro.
Me llaman “demasiado”,
me nombran “débil”,
me invitan a callar
como quien ofrece
un vaso de cianuro.
Pero yo estoy
aquí.
Aquí.
Aquí.
La sombra que dejaron
las palabras
que no pudiste
decir.

Giovanni Battista Manassero
Escribo para encontrar lo extraordinario en lo cotidiano, entre el absurdo, la nostalgia y el mate bien amargo.
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