Tardes soleadas, llenas de calma. En medio de ellas, yace una casa de colores llamativos. Dentro de ella, me encuentro, esperando a mi amado que no regresa. La soledad y la paz de tu ausencia son mi única compañía. Con valentía, recorro cada rincón: ventanas con cristales de colores, mosaicos llenos de vida y tu presencia en cada espacio.
Mis dedos rozan cada superficie, tratando de memorizar hasta el último detalle. Recuerdos vienen a mi memoria, pero solo son desde la perspectiva de mi amor. Lentamente, fui abriendo los ojos a un amor tan cruel.
El sol ya se está escondiendo, las flores adquieren un toque más irreal al atardecer. Subo a la recámara una última vez y hago las maletas. Aunque no puedo llevarme todos los recuerdos, decidí conservar los más gratos y dejar en el armario verde los que me atormentan. Bajo las escaleras una vez más con la esperanza de algo inexistente, pero sigo adelante. Abro la puerta adornada con piedras de colores.
Tomo mis maletas y me doy cuenta una vez más de mi soledad en esa casa. Mientras sigo adelante, descubro que la casa no poseía esos tonos majestuosos; solo era parte de mi percepción de la historia. En realidad, la casa estaba olvidada, gris, a punto de derrumbarse sobre mis recuerdos y sueños.
Las rosas estaban podridas, sus espinas dificultaban aún más la visión clara de esa casa donde un día te juré amor eterno.
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