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Cartas de las 18:00

Apr 26, 2026

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Cartas de las 18:00
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                CARTAS DE LAS 18:00

Si esta carta llegó a tus manos, no es la primera vez…      

    

                         Carta 1

La televisión repite la misma película (o quizá, y perdóneme, quizá sea la película la que me repite a mí) cada domingo desde hace veinte años. Usted se acordaría, estoy seguro, porque tenía esa forma de notar los detalles inútiles, como si ahí se escondiera lo importante. No cambia una escena. No envejece nadie. Es una persistencia casi indecente.

El vidrio se empaña con esa lentitud que siempre me dio mala espina. Afuera llueve (otoño, claro) y la gente corre, se encoge, se apura con una torpeza que no es del todo humana, como si el agua quemara apenas, lo suficiente para obligarlos a creerlo.

Miro un rato. Después dejo de mirar. O hago como que dejo, porque hay cosas que siguen mirando por uno, usted sabe cómo es eso.

No voy a caer hoy. No en lo de siempre. Esa melancolía pegajosa que se mete primero en las manos y después en la casa.

El escapismo ya no alcanza, ya no alcanza nunca, y esto lo sabía usted mejor que nadie, que tenía esa manera de acomodar la oscuridad como si doblara ropa limpia.

A mí me pasa distinto: a mí me piensan los pensamientos, me usan como una camisa que no les termina de quedar.

Me siento en el sillón marrón (sí, ese, el que decías que había que tirar) y escribo.

No miro. No leo.

Escribo rápido, como si estuviera copiando algo que me dictan desde un lugar que no entiendo. Las manos van solas. No es una metáfora, ojalá lo fuera. Hay un momento (siempre hay un momento) en que uno se corre apenas de sí mismo, lo justo para que otro ocupe el lugar.

Cuando paro, vuelvo. O algo vuelve.

Hay dos manchas en la hoja. Son lágrimas. No hay otra forma de decirlo, ni de disimularlo. Cayeron sin permiso, sin aviso, y quedaron ahí, marcando el papel como si quisieran firmarlo. El resto son palabras demasiado juntas, apretadas, como si empujaran desde adentro.

No releo.

Pero son las 18:00 en punto (esa precisión absurda que todavía respeto) y entonces hago lo único posible:

Empujo la hoja y la birome al cajón y lo cierro de golpe. No por orden. No por costumbre. Por miedo. Porque durante un segundo (y acá va a decir que exagero, pero no) sentí que algo en el papel se movía, como si las palabras estuvieran probando salir de la página.

Me pongo el abrigo largo, el de las solapas que tanto me gusta, y salgo.

La calle… la calle es lo de siempre, pero no. Cada uno va por su lado, sí, pero todos parecen estar escapando de la misma cosa que nadie nombra. Camino entre ellos y siento que el aire se queda suspendido, como si la lluvia hubiera decidido no caer del todo.

Entonces pasa.

No hay ruido. No hay señal. Es peor: es exacto.

Un hombre corre delante de mí, se mete bajo un alero, saca un papel arrugado del bolsillo. Lo alisa con cuidado. Lo mira.

Me acerco. No debería, pero ya sabe cómo soy con estas cosas.

Y lo veo.

Son mis palabras.

Las mismas. Las dos lágrimas también, abiertas como pequeñas heridas en la hoja.

El hombre levanta la vista. Me mira. Y esta vez sí (esta vez sí) dice tu nombre.

No el mío.

El tuyo.

Y en ese momento entiendo (o algo en mí se rompe lo suficiente como para entender) que esa carta no era para vos.

Era de vos.

Y que yo…

yo soy lo que quedó escrito.

                         Carta 2

No sé muy bien para qué te escribo esto (y sin embargo lo hago), como si en el acto de nombrarte todavía pudiera encontrarte en algún rincón que no se haya vaciado del todo.

 

Vos odiabas los vidrios empañados. No era una manía cualquiera, no; había algo en esa ceguera momentánea que te molestaba de verdad, como si el mundo te negara una confirmación mínima. Yo me acuerdo de vos pasando la mano, una y otra vez, limpiando ese vapor inútil, murmurando algo que nunca terminaba de entender.

 

Y los domingos… siempre la misma película. Decías que no la repetían, que era uno el que volvía a ella, pero igual te fastidiaba. Te sentabas en ese sillón marrón (sí, ese que yo quería tirar y vos defendías como si guardara algo) y mirabas con esa atención rara, como esperando que esta vez cambiara algo.

 

Nunca cambiaba.

 

Son las 18:00.

 

No sé en qué momento empecé a mirar el reloj como lo mirabas vos, con esa puntualidad absurda, casi religiosa. A esta hora tomabas café. Siempre. No importaba nada más. El mundo podía correrse, pero las seis eran las seis.

 

Tengo un cigarro en la mano. No debería, ya lo sé, pero hay gestos que se vuelven inevitables cuando alguien falta demasiado.

 

La casa está… no sé. Está llena de vos en las cosas que quedaron, pero vacía en lo único que importaba.

 

 Me siento (no en el sillón, nunca más en ese sillón) y escribo esto sin pensar demasiado, o tratando de no pensar.

 

Hay algo que no encaja. No sé explicarlo mejor. Como si al recordarte estuviera recordando también algo que no viví.

 

Firmo.

 

Layla.

 

Y entonces pasa: dos lágrimas caen sobre el papel. No una emoción desbordada, no; algo más preciso, más puntual, como si el cuerpo decidiera intervenir en el momento exacto. Las manchas quedan ahí, abiertas, irreversibles.

 

No releo.

 

Abro la ventana.

 

El aire entra con una especie de indiferencia que me molesta más de lo que debería. Dudo apenas (apenas) y dejo ir la carta. La veo caer, doblarse en el aire, perderse entre la lluvia fina que empieza a insistir.

 

Cierro.

 

No quiero saber más.

 

 

Un hombre se detiene en la vereda. La recoge. Corre unos pasos y se refugia bajo un alero, como si la lluvia quemara apenas, lo suficiente. Desdobla la hoja con cuidado y lee.

 

Lee todo.

 

Se queda quieto un momento más, como si las palabras siguieran ocurriendo después de terminarse. Después levanta la vista.

 

Y dice el nombre en voz alta.

 

Layla.

 

No lo pronuncia como quien lee una firma.

 

Lo dice como quien reconoce.

 

Y en ese instante (en ese lugar donde nadie está mirando) algo se ajusta, o se rompe, es difícil saberlo:

 

Porque arriba, en la ventana cerrada,

 

Ya no hay nadie.

                          Carta 3

 

Salgo del trabajo a una hora que debería ser cualquiera, pero no lo es. Hay días en que el tiempo se comporta, avanza en línea recta, sin sobresaltos. Hoy no. Hoy hay algo que se queda, como un eco pegado a las cosas.

 

Miro el reloj.

 

18:00.

 

No sé por qué eso me incomoda. No tengo ningún motivo para que me importe, ningún hábito, ninguna cita. Pero igual me incomoda, como si llegara tarde a una costumbre que no recuerdo haber adquirido. Y sin embargo… me detengo un segundo de más, como si esperara que pase algo.

 

No pasa.

 

O sí, pero no todavía.

 

Empiezo a caminar. El aire tiene ese olor previo a la lluvia, ese aviso que nadie pide pero que igual llega. Pienso (sin saber bien por qué) en el sillón marrón que compré hace poco. No era necesario, en realidad. Pero algo en ese desgaste, en esa forma de estar ya vencido, me resultó familiar. Como si lo hubiera usado antes.

 

Como si lo hubiera esperado.

 

Las primeras gotas caen. Una en la frente, otra en la mano. No me detengo, Apuro el paso casi sin pensarlo. Siempre me molestó la lluvia (o tal vez no), hay algo en el agua tocando la piel que se siente… incorrecto.

 

Entonces el papel.

 

No lo veo venir. Me golpea el pecho con una precisión que no parece casual. Lo agarro casi sin pensar, como si hubiera estado preparado para eso.

 

Y ahí sí, la lluvia se larga.

 

Corro hasta un alero. No miro alrededor, no me interesa. El papel está doblado, húmedo en los bordes. Lo sostengo un segundo más de lo necesario, como si al abrirlo fuera a romper algo.

 

Lo abro.

 

Empiezo a leer.

 

Hay una mujer. No la veo, pero está ahí, en la forma de las palabras, en ese tono que no pide respuesta. Escribe como si hablara con alguien que ya no puede contestar. O peor: como si supiera que no va a hacerlo.

 

Los vidrios empañados.

 

Me detengo.

 

Hay algo en esa imagen que se me queda pegado. Puedo verme (aunque no recuerdo haberlo hecho nunca) pasando la mano sobre un vidrio, insistiendo, limpiando, volviendo a empezar. Me incomoda. Sigo.

 

Los domingos. La misma película.

 

Una molestia leve me cruza, como un recuerdo mal guardado. Sacudo la cabeza, como si eso alcanzara para desalojarlo.

 

El sillón marrón.

 

Ahí sí.

 

Sonrío, apenas. Pienso en el mío. En cómo cruje cuando me siento, en cómo parece más viejo de lo que debería. En cómo, sin razón, me resulta cómodo.

 

Sigo leyendo.

 

Las 18:00.

 

Otra vez.

 

Levanto la vista, casi sin querer. El reloj en la vidriera de enfrente sigue marcando lo mismo. 18:00. Como si no hubiera pasado ni un segundo.

 

Vuelvo al papel.

 

Ahora leo más despacio.

 

El cigarro.

 

La forma de escribir.

 

Las manos.

 

Hay algo que no encaja, pero no sé dónde. No es un error. Es… una coincidencia demasiado precisa, como si alguien hubiera tomado cosas sueltas de mi vida (o de una vida posible) y las hubiera acomodado ahí, en ese orden.

 

Llego al final.

 

Hay un pequeño espacio antes de la firma. Como una respiración.

 

Y después, el nombre.

 

Layla.

 

Lo digo en voz alta, sin darme cuenta.

 

—Layla.

 

El sonido queda suspendido, raro, como si no me perteneciera del todo.

 

Y sin embargo…

 

Lo reconozco.

 

No como se reconoce a alguien que se conoce.

 

No.

 

Como se reconoce algo que todavía no pasó, pero que de alguna manera ya está ocurriendo.

 

Me quedo quieto.

 

La lluvia golpea el alero, la gente pasa, todo sigue. Todo debería seguir.

 

Pero hay algo que se corrió.

 

Miro otra vez la carta.

 

Las palabras no cambiaron, pero ahora pesan distinto. Como si no las estuviera leyendo por primera vez.

 

Un pensamiento (o algo que se parece a uno) aparece, sin aviso:

 

Yo ya estuve acá.

 

No sé cuándo. No sé cómo.

 

Pero lo sé.

 

Aprieto el papel entre los dedos.

 

Y entonces (sin transición, sin lógica) pasa algo peor:

 

No es un recuerdo.

 

Es una sensación física.

 

El peso de una birome.

 

El gesto de escribir sin mirar.

 

Y después…

 

Dos lágrimas cayendo sobre la hoja.

 

Dos.

 

Exactamente en esos lugares.

 

Miro.

 

Están ahí.

 

Siempre estuvieron.

 

Levanto la vista, rápido, como si necesitara aire.

 

Por un segundo —uno solo— tengo la certeza de que alguien me está mirando desde una ventana. No veo a nadie. No hay nadie.

 

Pero la certeza queda, como una mancha que no se seca.

 

Bajo la mirada otra vez.

 

El papel sigue en mis manos.

 

O yo en las suyas.

 

No estoy seguro.

 

El sillón marrón vuelve a mi cabeza, insistente, como si me estuviera esperando. Como si ya hubiera pasado horas ahí, mirando algo que no cambia.

 

Como si ya hubiera escrito esto.

 

Como si ya hubiera leído esto.

 

Como si…

 

—Layla —repito, más bajo.

 

Y en ese momento entiendo (o algo en mí entiende, lo suficiente) que la carta no viene de antes ni de después.

 

Viene de un lugar donde eso ya no importa.

 

Un lugar donde alguien escribe.

 

Alguien lee.

 

Alguien espera.

 

Y alguien (no sé si yo, o usted)

 

Termina siendo lo único que queda cuando la carta se cierra.

 

 

 

 

Santy Garrido

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