A quien corresponda:
Hay menos secretos en ausencia que en presencia. No es un secreto que te sueño de vez en cuando, tampoco es un secreto que tu nombre se queda bien escondido entre el pecado y el deseo. Y no son secretos porque no estás para saberlos y yo tampoco para contarlos.
Se acerca la temporada de lluvias y los rumores de la brisa traen consigo tus miradas compasivas y las golondrinas en sus picos traen noticias tuyas. Es en esta época que te sueño más pues empecé a amar más la lluvia desde que apareciste en mi vida. Es como si cada gota caída fuera un tónico para provocar sueños sobre ti. Y te sueño tanto que podría olvidar el insomnio con tal de verte. Sabes que no soy un ave diurna, me gusta cazar el silencio nocturno, pero en estas situaciones, prefiero dormir en cuanto la luna cae para encontrarte frente al mar onírico.
No te confundas, sé que parecen un diluvio estas emociones, porque odio soñarte y amo hacerlo, sí, lo odio y lo amo, pero ya bien sabes que el amor y el odio no son más que sinónimos. Y yo te odio tanto como te amo. Primero el amor por verte de nuevo y segundo el odio por la resaca del sueño que es tan cruda que se asemeja a la sensación de caminar al cementerio y visitar la tumba de nuestro recuerdo.
En los sueños te veo en el mar, estás allí frente a las olas que chocan con tu cuerpo, yo las miro y sé que ellas reflejan mis deseos de besarte. Me acerco a ti sin que te des cuenta y observo tu rostro con la misma curiosidad con la que un gato ve al mundo por primera vez. Busco tus lunares asegurándome que estén en donde los dejé la última ocasión que construí constelaciones sobre tu piel, y sí, mi creación sigue ahí, en nuestro lienzo —tu piel, que es más mía que tuya—. Me creía Diosa y pintaba los lunares de tu cuerpo, los imaginaba e inventaba nuevas constelaciones a tu nombre. Hasta el día de hoy, siguen pintados.
Después clavo fijamente la mirada en tus manos que con ellas sostienes la vida entera: las plantas y las tempestades. Dulces manos color miel que saben ver y reconocer. Sostienen el llanto y las penas nocturnas. Manos sabias que saben tocar el corazón por más envuelto que esté entre los huesos. Falanges fuertes y muñecas que cuentan a simple vista las historias de dolor con las cicatrices que se quedan marcadas. Bellas creaciones que saben acunarme a la medida de un nido y entregarme la ternura de la inocencia.
Finalmente me acerco por completo, estando cuerpo a cuerpo, me aseguro que sigas siendo tú y no un amor escondido de farsas y pesadillas. Y ya sé que cuando las olas ya no te besan es porque ya lo estoy haciendo yo, y lo hago lento, controlando los pasos de mis labios porque no sabré si podré detenerme en algún momento. Por último me doy el privilegio de mirar tus ojos que saben darme permiso para existir. Te beso de nuevo y se calma todo el dolor y el malestar de la lucidez: tus labios me enseñan a vivir. En ese instante, cuando tengo el control del sueño, sólo sé decir: te amo, para después despertar y decir: te odio. Y como el día y la noche, la luz y la oscuridad, sólo vives en mis sueños, mientras que en la realidad sigues muerto. Por eso, durante el sueño toco cada parte de tu cuerpo y entre instantes fugaces, intento robar tu alma soñadora, hacerla mía y encerrarla en mi mar onírico para que te quedes por siempre, aquí, junto a mí, donde yo te acuno, donde yo te cuido, donde tú vives y yo también.
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