Muy señor mÃo:
Lo tengo presente en mi memoria desde esta tierra —que bien conoce— de llanuras donde florecen ceibos cuando los cielos se pintan de rojo, como teñidos por la nostalgia. Le cedo mis pensamientos en estas palabras, con el decoro que impone la distancia y con el temblor que, extraño en mÃ, provocan los recuerdos.
Me mueve no sólo la causa común entre ambos —aquél afán de redimir nuestras patrias desde la fe del juicio y la voluntad presente en el riesgo—, sino que también la fuerza que no busco gritar a cuatro vientos, esta que nace del silencio y se sostiene en los cimientos de lo que aún no callo.
No podrÃa, aunque me lo propusiera con completa insensatez, afirmar que arranqué de mà aquella tarde en la que, bienaventuradas, nuestras órbitas se hallaron con fervor, como si el tiempo, el deber y los acentos nos hubiesen guiado al borde de lo exacto. Algo que, sin necesidad de ser nombrado, consiguió instalarse entre nosotros. Existen templos —esos de los que usted me ha hablado— que no apuntan al cielo por mero capricho, sino por ciencia. Asà fue también aquel instante: erigido con la exactitud de las sombras que miden las horas, como sus pulsaciones de copal y magnolia; como las mÃas, del sur flamante, albiceleste y de palosanto, a un calendario que ni los más eruditos lograrÃan descifrar.
Concédame un momento, mi digno compatriota de otras banderas, con respeto y sin ánimo de dramatismo. Pues aquella tarde que nos encontró, allà donde se alzó nuestra Posta de Yatasto, nos halló ajenos al cruce de ejércitos, entregados al cruce de voluntades; y por una razón tan humana como antigua —como el miedo o el anhelo— supimos contenernos.
Sin embargo, desde entonces he comprobado en mi propia carne que ciertas libertades se tornan más pesadas. Le ruego que me perdone la franqueza repentina, pero resulta que la libertad, mi señor, no siempre es esa bandera que flamea airosa al soplo del destino. A veces, la libertad no es nada más que extrañarlo.
Sé que mis letras podrÃan parecer un desatino, quizás egoÃstas por desviarse de lo importante; una digresión sentimental en medio del fragor de estos tiempos poco piadosos. Pero me adelanto a su juicio —siempre sobrio y justo— para asegurarle: no existe causa de mayor valor estratégico que aquella que nos recuerda que seguimos siendo humanos. Usted, querido compañero —con su ciencia, sus palabras medidas y su riguroso silencio— me devuelve la memoria precisa de que hasta las más grandes causas se fundan en pequeños gestos que aún aguardan por cumplirse.
Sin nada más que añadir, me despido con afecto sincero, confiado en que las estrellas —esas mismas que guÃan los templos de su tierra— no sólo nos asistan, sino que nos concedan reencontrarnos. No como soldados, ni como emisarios fraternales de nuestras banderas, sino como hombres de carne y hueso, con una razón noble compartida.
Su atento servidor,
el que aún busca su norte
bajo este sol del sur.
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