Crucé mares y desiertos hasta llegar
al pozo de las almas perdidas;
y entre llantos y lamentos
finalmente la encontré.
La más pura y cristalina me robé.
Una noche de tormenta voraz,
me corté el corazón a la mitad;
y cuando el cielo cayó sobre nosotros
nos prestó un aliento.
Y, entonces, entre sueños febriles
te nombré.
Y con tu nombre vino tu latido.
Cuando bebías de mi sangre
te hablé de amores y de guerras.
Me preguntaste sobre el miedo
y te hablé de religión.
Me preguntaste sobre el amor,
pero ya no puedo soñar.
Ahora te cuesta respirar.
Las campanas te lloran y me susurrás:
"Madre mía, me voy yendo.
No llorés."
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