Para Eleonora:
Mi querida, mi amada, mi todo.
No encuentro otra forma de decirte esto que no sea por medio de esta carta. De solo pensar en desnudar estos pensamientos frente a ti, se me revuelven las entrañas. Las náuseas se apoderan por completo de todo mi cuerpo a medida que avanzo con mi birome. Sin más vueltas debo decirte:
Estoy aquí, donde ya sabes, en ese árbol (nuestro árbol), al borde del río. Te confieso que mi vida se ha arruinado por completo. En este último tiempo no he hecho otra cosa más que perder, todo se ha derrumbado. ¡Cuánta razón tuviste!
Sí, he vuelto, pero creo que me he olvidado en el viaje, en algún bar de París, en alguna plaza rusa o en el propio trasatlántico. Ahora me siento un extraño aquí en mi propia tierra. Uno cree que el retorno es dulce y armonioso, pero es el camino más duro. La tristeza que viví en este viaje solo fue solapada por la soledad que me esperaba en mi destino. Desde mi regreso todos me miran como si fuera un extranjero. Mis vecinos no me reconocen ni yo a ellos. Siento el viento de cada día más ajeno, diferente, hasta el verde de las hojas no es el mismo que me despidió, tampoco es el mismo que te despidió, me temo. Estaba tan seguro de mí cuando te fuiste, ahora entiendo que me encontraba inmerso en el sueño. Nadie de aquí parece escucharme como lo hacías tú y de lo que me consume no puedo hablar. Los males vuelven cada tanto en forma de pesadillas y los ruidos… Los malditos ruidos.
Estuve un breve tiempo recorriendo Buenos Aires antes de volver acá, sabes que me encanta, es una ciudad hermosa pero trágica. La siento derruirse a cada segundo, no soporto ver como todo se descompone, me niego a aceptar que con ella se despiden las últimas fuerzas de lo bello. Se está muriendo, la sangre está por todos lados y nadie parece darse cuenta. Todos caminan manchandose las manos y los pies.
¿Han pasado días? ¿Años? ¿Siglos? ¿Cuánto ha pasado desde tu partida? Verdaderamente no lo sé. Pasé varios meses postrado por una herida de bala, sumido en la fiebre y el delirio, pensaba en tí a toda hora y en todo momento; me corrijo: pienso en tí a toda hora y en todo momento. Por algún tiempo tuve que vagar por las calles lúgubres y alimentarme de restos, en esa época muchos de mis amigo me dieron la espalda, sé que lo hicieron por mi infortunio, malditas ratas, pero todo eso no fue nada comparado con perderte. Inclusive esa vez que el maldito diablo se llevó al infierno aquella casa que me heredaron mis padres; me regocijaría en las cenizas contigo de tenerte a mi lado.
Cuanto extraño nuestros paseos por los senderos, las cenas seguidas de largas caminatas nocturnas por las calles vacías de la peatonal, las noches sentados en este mismo lugar, con los miles de faros celestiales que nos iluminaban, y tu mirada hermosa, por favor, no se la regales a nadie que no la merezca, sé que yo tampoco la merecía, conmigo fuiste muy amable; milagrosa.
¿Nuestra despedida fue verdaderamente así? Tan común, tan poco apasionada, tan natural. Estoy convencido de que merecías más. Te merecías esas despedidas que solo se dan en las películas, repleta de besos y abrazos, decoradas con caricias y lágrimas por doquier, pero no, solo te ofrecí mis momentos más fríos e indiferentes. ¿Por qué no puedo crear algo bello para ofrecerte? Aunque sea una simple despedida. Soy hijo de esta época que se ha devorado todo lo bueno, que no deja a nadie obrar con dulzura. El agua que abrevo está contaminada de amargura, sabes que es la pura verdad. Esa es la impotencia que me aplasta.
¿Hablabas en serio cuando dijiste que no me verías nunca más? Qué jamás ibas a volver y qué te despedías para siempre. Lo dijiste entre temblores de cuerpo, yo los ví, no querías decirlo, las palabras se escaparon de tu boca. Te temblaba la voz y usaste un tono vacilante. Recuerdas que dije lo mismo de Buenos Aires antes de irme, que no volvería jamás, que todo estaba peor; pero… los dos sabemos que esas promesas no son eternas, no son serias, son hijas de un impulso idiota. Vas a volver.
Ahora entiendo que sufriste por mi, por mi arrogancia, por mi descuido y sobre todo por mi olvido, el que me persigue a cada rato. No lo sigas haciendo. Ese por el que lloraba ya se fue. ¿Y el olvido? Por supuesto que sigo peleando contra él, te pienso, te escucho y por momentos te sueño, cada tanto lees para mí los más hermosos versos que repito en mi mente sin cansarme… y tu risa. Eres mi único escudo ante la nada. Pero los recuerdos se gastan, ahora sé que los recuerdos se gastan.
¿Sabes algo curioso? Una voz en mi cabeza me ha dicho que nunca me amaste… y no solo eso, también dijo que yo tampoco te amé ¿Puedes creerlo? ¿Te estás riendo? Me mostró todos y cada uno de nuestros desencuentros. ¿Si dudé? Por supuesto que dudé. Perdón. Hizo lo mismo con mis amigos, los imaginé a cada uno traicionándome, burlándose, sacándome cada centavo del bolsillo izquierdo, y no se equivocó: los maldije a cada uno de ellos. Sí, también me demostró con pesada lógica que cada causa a la que entregué todo mi sudor y esfuerzo eran una farsa, fui un pésimo idealista y un mediocre soldado. Ahí quedó mi honor, en los páramos de un país olvidado por Dios.
Pero me niego a creer que nunca te ame. Así se lo dije aquella noche de fiebre, lo juré ante Dios. Creo que no le gustó mi convicción, desde ese momento me castiga una y otra vez. Se intensifica por las noches, retumba en mi pecho con una fuerza sobrenatural y resuena en cada uno de mis huesos, los hace vibrar como a las cuerdas de un violín ¿Puedes escucharlo desde allí? Lo peor es que en ocasiones tus palabras se mezclan con esa voz y dan lugar a la música más amarga que jamás sentí; se abre paso el horror en mi propia carne.
Por eso vengo seguido aquí, para mostrarle nuestro árbol y que vea cómo se doblega mas no se quiebra. Así mismo le digo que es mi amor por ti, firme ante el viento y ante la fuerza de esa desalmada voz ¿Hice bien? ¿Tu sientes lo mismo? En esos momentos las ideas se agolpan en mi cabeza y se matan unas a otras para salir, creo que me haré un pequeño tajo para que broten lentamente. Después de todo, creo que ya no queda nada que no me duela.
¿Podremos volver a recorrer la peatonal una última vez? ¿A caminar? ¿Estás por Buenos Aires? Sé que no estás por acá ¿Vas a venir? ¿Alguna vez hicimos algo de eso? ¿No? Se ríen de mí, son muchas risas. No me las merezco. No entienden. Solo tu sabes que jamás escribiría una carta como esta, te sorprenderá leerme así, lo sé.
Perdona la letra, mis manos tiemblan más que de costumbre. No te permitas derramar más lágrimas por mí, solo eso te pido. Parece que estoy delirando o aún peor, olvidando. La angustia me ha servido una daga, una birome y un papel. No dejaré que te arrebaten de mí, antes de eso mi corazón conocerá el metal ¿Vas a volver a verme? Búscame donde tu ya sabes, me encontrarás, solo tú me encontrarás. Y si es menester usar la daga, ten la seguridad de que lo último que se escapará de estos labios será tu nombre, Eleonora.
Mi querida, mi amada, mi todo.
¿Cómo? ¿Qué no tengo valor? Ya verás…
Siempre tuyo,
Walter
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