Querida yo chiquita, hoy es nuestro cumpleaños y me siento vulnerable.
No triste, no rota, solo más expuesta. Más cerca de vos.
A veces, me gustaría tener una máquina del tiempo y volver años atrás, encontrarte, abrazarte fuerte, sostenerte en esos días donde no había brazos. Decirte lo que nunca supiste con certeza: que todo va a estar bien, que vamos a estar bien.
Hoy quiero prometerte que voy a cuidarte, que voy a escucharte siempre que hables a través de mis impulsos, mis deseos, mis sueños. Porque sé que siempre estás ahí.
Ayer a la noche cené tortas fritas, me tomé un té y me comí un panqueque con dulce de leche antes de dormir. Todo lo que “no se hace” , en la rutina adulta es un error. Pero ¿sabés qué? dije: “Hoy es mi cumpleaños”, y quise regalarme eso. Ese instante infantil de hacer lo que quiero, sin pensar en las consecuencias, solo por el placer de permitírmelo. Como vos lo hubieras hecho.
Cuando eras chica, te disfrazabas de princesa todo el tiempo. Zapatitos, vestido, varita, corona, labial con brillo. Y lo mejor: ese poder que sentías al hacer sonar los tacos de plástico y entrar a cualquier lugar como si el mundo entero debiera verte. La gente se reía, te miraba con ternura, te elogiaban el vestido, pero vos sabías que ahí había algo más: una magia. Una pequeña soberanía infantil tan tuya.
Y sin embargo, los momentos más felices, los que aún perduran, los pasaste sola. No desde la tristeza, sino desde esa espiritualidad que se te despertó demasiado temprano. Vos creciste así: con vos, en vos, por vos.
Todavía me acuerdo esas tardes mientras mamá dormía. Vos te escapabas al patio, te subías al tobogán rojo, y te acostabas de cabeza a mirar el cielo. Le hablabas a algo allá arriba. ¿Dios? ¿Las nubes? ¿Un deseo? No importaba. Le contabas todo lo que soñabas, todo lo que deseabas, lo que anhelabas. Y creo, honestamente, que nunca dejé de ser esa nena: creativa, despierta, ilusionada. Con esa fe tozuda de que podías transformar algo de la realidad.
Me sentía feliz con tan poco, muy feliz, muy segura. Todavía me acuerdo tu peluche preferido. Tu amiga imaginaria del patio. Tu hamaca amarilla colgada del árbol. Las muñecas que te regalaban en navidad. Las meriendas con galletitas y dibujitos. Crear propagandas con recortes de revistas. La satisfacción de llegar a agarrar primero la pistola de agua en la pileta. Andar en bicicleta hasta quedar agotada. Dormirte entre los abuelos, mientras te contaban cuentos que vos misma les pedías que inventaran. Cantar, bailar, dar show. Improvisar en cualquier rincón del mundo. Meterte en el baúl blanco de mamá y abrir los álbumes de fotos una y otra vez, del más viejo al más nuevo. Solo para sonreír ante momentos que no recordabas, pero que sabías que eran tuyos.
Y nuestro momento favorito: escabullirte en las noches de verano, cuando papá y mamá ya dormían, solo para mirar las luces del arbolito tranquila y toquetear todos los adornos que querías. Esperando que algo mágico ocurriera. Observandolo tanto que estabas convencida de que algo mágico iba a suceder.
Disfrutabamos cosas intangibles, cosas que ya no se pueden tocar. No así, no con ese ojo inocente, propio, hermoso. Humano.
Siempre quisiste hacer algo grande, importante. Querías que el mundo te reconozca. No por ego, sino por demostrar que existías. Que eras valiosa, que estabas acá. Hoy todavía no sé qué es eso que nos falta, ese vacío que queda. Ese “algo” que aún no descubrimos.
Cuando nadie te miraba, jugabas a ser popular, a que todos te querían por ser vos. Le enseñabas a tus peluches, cuidabas a los gatos, tus muñecas protagonizaban telenovelas con amores tóxicos y separaciones dramáticas. Rellenabas todos tus muebles de stickers y no dejabas un cuaderno sin rayar. Querías dejar huella. Querías decir: “Estoy acá, pertenezco, tengo algo para darle al mundo.” Y si no lo podías decir, lo bailabas. Lo cantabas. Lo armabas con lo que encontrabas por la casa. Lo soñabas cada noche.
Pero el insomnio ya estaba ahí, la ansiedad también. El cuerpo te hablaba, pero no había quien lo escuchara. Vos solo necesitabas un abrazo, alguien que te sostenga. Por eso hoy quiero dártelo yo. Quiero abrazarte fuerte, contarte que, aunque no sabías cómo, todo eso que soñaste, lo estamos construyendo.
Pero vos, a veces, preferís quedarte allá. En ese mundo donde te excluían, donde se burlaban, donde nadie se ponía en tu lugar. Todavía te cuesta salir, y a mí me cuesta mostrarte el camino.
Pero si me estás escuchando, quiero que sepas: Sí, existimos. Resistimos. Creamos. Amamos. Sentimos. Y lo hacemos con mucha fuerza. Somos valiosas, poderosas, tenemos herramientas, tenemos voz. Y sobre todo: tenemos ovarios. Aunque a veces sienta que vos eras más valiente que yo, que a vos no te perforaban tanto las inseguridades. Que vos todavía creías en la felicidad sin miedo. Capaz hoy soy yo la que necesita ese abrazo tuyo, que me abraces fuerte y me recuerdes que no estoy sola.
Si pudieras verme hoy, si te contara todo lo que hicimos, te sentirías tan orgullosa. Feliz. Aunque no entendieras la mitad de las cosas que pasamos, sabrías que sos parte de todo esto. Sabrías que sigo durmiendo con un peluche, que nos sigue gustando mirar dibujitos, que nos animamos a hablar con un micrófono. Estudiamos eso: para que nuestra voz sea escuchada. Y también hay gente valiosa en nuestra vida, amigas reales, amor, que están siempre ahí cuidándonos la espalda.
Papá y mamá hoy están más cerca, hoy los miro y por fin me reconozco en sus ojos, y todo eso que pasó en la adolescencia ya no duele tanto. Así que tené la seguridad de que incluso en los peores momentos, nos tuvimos, nos bastamos. Y aunque dolió, salimos adelante. Ya no están quienes no tenían que estar, ya no estorban en nuestra historia. Y si te preguntás cómo estamos, te diría que hoy sí somos lindas. No perfectas, no princesas. Pero completas, con cicatrices, con fuerza y voluntad.
Si pudiera prometerte algo, es que no voy a parar hasta descubrir qué es eso grande que vinimos a hacer. Y cuando lo logre, se va a cerrar un ciclo maravilloso.
Prometo cuidarte, amarte, darte todo lo que no supe darte antes. No porque no quisiera, sino porque no sabía cómo. Y por último, te prometo también guardar el secreto de esa caja de emergencia donde escondías los caramelos y chocolates para cuando los viejos se dormían.
Pendeja atorranta. Eras hermosa, tal vez un desastre necesario. Y si algo te (nos) define, es que nunca te cansaste de romper las pelotas. Y qué suerte que no lo hiciste.
Con amor infinito, yo.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.


Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in