Estoy sangrando,
por una pizca de amabilidad divina,
por un instante de mis dedos
encontrando el sol en tus mechones.
Rezando por obtener la redención
dentro de la iglesia de mi barrio.
Dejé de creer en Dios
y ahora me encuentro frente al crucifijo entallado.
Manifestando tus ojos,
manifestando tu sonrisa.
Hundiéndome las rodillas en la madera dura
solo para que tu mano roce la mía.
Dejé mi vida pagana
abandonada en el norte de la ciudad
y mudé mis creencias
a la religión de tus susurros.
Cargo conmigo un dolor constante
que solo se aliviará cuando
te reciba entre mis brazos.
Cariño, ¿me darás la pena máxima
en el pulgatorio de tus piernas?
Mis pecados no tienen perdón
pero, ¿dejarías que esta vida
se convierta en mi cielo efímero?
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