A veces, lo que más nos pesa
no es lo que otros nos hicieron,
sino aquello que jamás osamos decir.
Palabras que quedaron suspendidas
en el aire silente de mi voz,
verdades que anhelábamos liberar,
pero que el miedo, el orgullo y la duda
nos obligaron a encerrar en el silencio.
Creemos erróneamente que retenerlas nos protege,
cuando en realidad, con el tiempo,
ese silencio se erige en un muro
que nos aísla y encarcela el alma.
El silencio no borra, solo acumula
esas penas no dichas,
que tarde o temprano encuentran
otra manera de salir:
en reproches disfrazados,
en distancias que jamás quisimos trazar,
en heridas que se niegan a cicatrizar.
Hablar duele, sin duda,
pero callar aquello que pesa
puede lastimar aún más profundamente.
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