Los lugares que traen consigo más naturaleza hacen parecer todo más sencillo y permiten percibir el tiempo más lento. Por momentos parece que entre los árboles no pueden existir problemas.
Esto me hace reflexionar ¿por qué las ciudades grandes y ruidosas resultan tan atractivas?
Por momentos llego a pensar que se debe a que estar dentro me encierra en el propio deseo de perderme en ellas.
En la ciudad pasan más cosas, y con cosas no me refiero a que sean especialmente lindas. Pero aunque la calidad es, en la mayoría de los casos, mucho mejor que cantidad, a veces esta última logra nublarnos la lucidez lo suficiente como para invertir el dicho.
La cantidad entretiene, y mucho. Distrae, juega, nos mantiene como a un hámster en su rueda. Y aunque ver al hámster en su rueda corriendo sin llegar a ninguna parte nos parezca estupido (a primera vista), en realidad los humanos somos mucho más vulnerables a nuestras propias ruedas que los roedores. No hace falta más de 30 segundos para que a cualquiera se le venga a la cabeza alguna de estas “ruedas humanas”.
La ciudad, sin duda, alberga más ruedas que los espacios naturales. Por esto en ella las cosas pueden parecer más complicadas, y el tiempo, breve. Las ruedas son rápidas y no nos llevan a ninguna parte. Nos distraen, nos divierten, juegan con nosotros (y nosotros en y con ellas), pero nos engañan, nos hacen perder tiempo pensando que avanzamos.
Al fin y al cabo, pienso que subirse a las ruedas no está mal, pero no podemos olvidar que de vez en cuando es necesario tener un rumbo. E ir a alguna parte.

Lucía
Me animé a publicar cuando leí que escribir, publicar y que te lean es la combinación salvadora. Uruguaya.
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