—Quizás te hace falta tu café matinal, por eso estás de mal humor —comentó Marcos aquella mañana, la que siguió a tu partida. Entendí que era su manera de intentar aliviar la tensión que se respiraba en esa casa, pero lo único que logró fue darme el golpe de realidad que aún no quería aceptar.
Quisiera decirte que después de eso me reí, que intenté retomar mi vida como si nada hubiera pasado. Pero sería mentira. Desde que me dejaste en aquella cabaña, a la orilla del mar, lo único que hiciste fue matarme en vida. Tu partida fue como arrancarme el corazón y llevártelo contigo a donde sea que fuiste después. Intenté buscarlo, porque sabía que, al encontrarlo, también te hallaría a ti. Pero te escondiste, huiste de mí con tanta precisión que no supe dónde empezar a buscarte.
Pasaron los meses. Y entonces, un día, sentí un latido fantasma. Una señal de que seguías ahí, en algún lugar. Fue suficiente para reencontrarnos. Y por un momento, fue mágico. Pero luego te volviste a ir, como si aquel encuentro no hubiera significado nada. Me dejaste peor que antes, pero, curiosamente, también me diste la fuerza que necesitaba para soltarte.
Así te fuiste, esta vez para siempre. Tu ausencia pesa más que nunca; el vacío en mi pecho, más profundo. Pero ahora, mi resignación es más fuerte. Y aunque sigo buscando mi café matinal para enfrentar el día, he aprendido que puedo sobrevivir sin él. Sin ti.
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