Y aquí estoy de nuevo, con una taza frente a mí.
Se que no voy a terminar, me aterra terminarla.
Por eso la dejaré por la mitad para luego volver a cargar, y así hasta que ya no lo soporte más.
Mi taza se va agrietando, se tinta de un color crema provocado por el café.
Una esponja nunca lo a tocado, porque me daría miedo empezar sin el.
Pero no paran de salir grietas, cada que tomo un sorbo, lastima mis labios, me hace sangrar. Y así mismo me empecé a agrietar, mi piel adoptó un tono crema al igual que la taza.
Mi rostro lleno de marcas. Las cubro con maquillaje, porque sé que al café no le gustará verlas...
¿Le importaría verme llena de grietas y con un tono crema? No sé, y me aterra saberlo.
Por eso mismo cada mañana tomo la taza entre mis manos, le pido permiso al café, sirvo la mitad que falta y vuelvo al ciclo otra vez.
Al de tapar mis grietas, mi color, poniendo rápido una servilleta para que no vea el color bordo, tratando de que mi voz no tiemble cada que le pido permiso para volverlo a tomar.
Porque sé que se dará cuenta...
¿Le importaría que mis labios sangren cada que lo tomo? No sé, y me aterra saberlo.
Me aterra todo lo que no conozco, a lo que no estoy acostumbrado, al no tomar el café en mi agrietada taza, que de mi no salga sangre, que las grietas dejen de salir.
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