En la tinta, en el sello y la postal, en todo aquéllo que significa y promete sin voces, más resuena cuál juramento sempiterno.
En cada trazo, coma, punto y tilde.
Por cada sentimiento anaranjar o lleno de la hora azul. Por todo lo que se consume en líneas que cotillean eufóricas.
En aquél temblar de la pluma por cada secreto revelado y el alma al desnudo que no se puede doblegar a más poder.
El papel cauteloso, el sobre en donde entra cada uno de los misterios más vulnerables y vívidos del ser humano.
Quién se atreve siquiera a duplicar algún verso con la huella de identidad que se encuentra plasmada en cada toma del bolígrafo y filos carmesí.
Yo creo, Padre Santo, yo creo fervientemente en tal verdad que se lee.
¿Quién ha de esperar el llamado del Señor Cartero más que yo? ¡Quién!
Y lo escribo aquí con un alma antigua que parece nunca desaparecer, que es atemporal o sencillamente se dedica a la nostalgia de unos años que no viven en la memoria pero se sienten pisadas de un ayer lejano.
¿Quién ha de esperar el llamado del Señor Cartero más que yo?
Buzón azul, buzón rojo.
Yo espero, yo anhelo.
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