Mi padre es Gilberto de Jesús Osorio Montoya. Borracho, cantante, viajero.
Asesinado cuando apenas alcanzaba los 45 años. De él se cuentan algunas historias y una de ellas llega hoy con fuerza a mi corazón. Por eso aunque solo compartimos un año y tres meses en la brega del amor, escuchar de tus actos me entrega tu cariño.
No sé con qué edad o en qué época —posiblemente en su juventud— te acercaste a la casa de mi futura abuela y, sin vacilar, invitaste a un futuro tío, Cosiaca, a viajar al Valle del Cauca.Cosiaca, hijo acostumbrado a vivir en casa de su madre, no viajero, se negó rotundamente por el simple hecho de no tener zapatos.
Tu, hombre conciliador, lo miraste directamente, te quitaste los zapatos, y al entregarselos lo dejaste sin razones para negarse.
¡Oh Padre!, si en el infinito abrazo de tu conciencia a Dios alcanzas a percibir la vibración que trato de traducir en estas palabras, quiero que sepas que te admiro con profundidad y siento que aún me falta mucho para alcanzarte.
Porque te quitaste los zapatos como si no fueran nada, como si no impidieran el caminar.No eras un hombre que dijera “no puedo ir porque no tengo zapatos”. Esas excusas no significaban nada, ningún objeto podía esclavizarte. “No puedo ir porque no tengo zapatos” era una frase que ocultaba el miedo a la incertidumbre, a lo desconocido, a ese Valle del Cauca al que no vacilaste en ir y arrastraste a Cosiaca, porque no tenías duda, porque tus zapatos no eran tus amos, y solo la muerte o la enfermedad hubieran podido detenerte.
Yo quisiera tener ese desprendimiento, ese nivel de conciencia; ser filósofo sin saber de filosofía y poder marcharme nueve años como vos, sin decir nada, sin avisar nada, enfrentando al mundo en soledad, sin familia ni amigos.
Luego regresar ileso y sentarme en una tienda allá en Blanquisal, comprarme una cerveza, ver pasar a mi hermano y saludarlo como si nada. Percatarme de que se pone frío porque ha visto a un muerto, seguir tomándome la cerveza y observarlo correr a contar la noticia de que he vuelto.
Sé que en el fondo y en la superficie vivís en mí. En mi inconsciente tu amor continúa; existes en mi apariencia física. Algunos me dicen que no tengo tus ojos color verde, pero tengo tu mirada: esa mirada al futuro, a la curiosidad de saber que me depara la existencia.
Desde siempre y desde la muerte me has tendindo el brazo, y es imposible acallar ese llamado del mundo por poseerlo, por estar inmerso en lo siguiente, siendo como vos, cuando te subiste a esa piedra gigante a cantarle rancheras a mi madre a medianoche.La amabas tanto que no te asustaba Doña Teresa, la más enojona de la vereda. Querías gritar tu amor y nada te detuvo.
Te habrías arrepentido más de paralizarte.Es por ese acto de valentía que nací; es por esa esencia de entregarse a la existencia que hoy continúo perpetuando tu acción de mariachi intrépido.
No me dejaste ni un céntimo, pero me diste una herencia más valiosa: tu corazón.
Te amo, papá, con todo lo que soy. Mi cuerpo danza al ritmo de las lágrimas que nacen mientras te escribo y te recuerdo. Un tiempo después de tu ascenso, con dos años de edad, durante las noches me paraba en la cuna, señalaba un lugar donde no había nada y decía: “papá”.
¿Te estabas despidiendo de mí?
¿Tratando de decirme cuánto me amabas, avisándome que algún día, cuando la muerte me borre, volveríamos a estar juntos?
Hace poco conocí a una pareja que te conocía: Doña Consuelo, la niña, y Don Miguel, el cuchibarbie —así se llamaban entre ellos—.Cuando me vieron y mi madre les contó que era tu hijo, se entusiasmaron casi como si te hubieran visto a ti.
Elevados por la borrachera hasta el nivel de un místico dionisíaco, sin pedirlo ni esperarlo, me contaron una anécdota más, otra perspectiva para conocerte.
Una vez, durante tu juventud, me describen, embriagándote con ellos desde la tarde hasta la noche, les contabas historias sin parar.
Los tres reían y reían, disfrutaban de la vida como si no hubiera más momento que aquel.
Al final, cuando ya te tenías que ir, les dijiste:
“Ustedes saben que todo lo que les dije era mentira, pero no importa, porque la pasamos muy bueno.”
¡Hombre, qué sabiduría!
No te importaba el contenido, solo el proceso.
Tú, que probablemente solo agarrabas un libro para moverlo porque te estorbaba, comprendiste que lo importante era la forma, la totalidad.
Eras un genio de la vida, de la loca alegría y de la embriaguez.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.


Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in