Me moriré un día de estos como a las flores que las alcanzó el otoño. Lenta y segura dejaré que el frío me petrifique las venas con crueldad y que de allí ya no corra ternura, ni amor, ni vida. Oirás de mí el rumor de las hojas secas que pasearon por última vez entre tus sábanas, despidiéndose del calor de un hogar donde ya no habito y, sólo entonces, quizás, recuerden de mí un polvo estelar que se mezcló con el universo sin prevalecer un rato más.
Déjenme morir a orillas de un árbol, acurrucada entre su disfraz que pinta el paisaje marrón y amarillo. Quizás me convierta en un color, o sea un fruto más que nadie se atrevió a morder por pánico a ser arrastrado por el desastre. Extrañarán lo sencillo de una brisa, la mía, sólo entonces, cuando ya no puedan recuperarla más, y sin temerle a mi fantasma van a rememorar la catástrofe que dejé al caminar queriendo hallar fortaleza cuando mi tallo se torcía débil por la lluvia que me derrumbó.
Un día me secaré. Quizás pronto. Tal vez hoy o mañana. Lo sabrás cuando en el cielo la Luna ahora cure tus heridas con su luz. Las fuerzas del dolor le han quitado su brillo, y es un acto de amor regresarlo donde pertenece. Ya no es mío. Le daré mi vida a cambio de que mi nombre desaparezca de las listas cósmicas que se estrellan ardiendo entre mi cuerpo y tu recuerdo.
Te daré mi vida, Luna, no vuelvas a extrañarte más. Me verás en los destellos más brillantes que de noche te cuidan.
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