La rapidez del caballo
despierta los celos del buitre.
Desde lo alto
él anuncia la muerte
como quien murmura una profecía,
pero un perro irrumpe
y lo espanta.
Un perro
que en su inocencia feliz
alcanza a pintar de barro
mi camisa.
Lo veo jugar con mis calcetines
como si el mundo
fuera apenas
un juguete recién descubierto,
y esa escena mínima
me enciende algo en el pecho.
Me impulsa
a abrir la puerta del día,
a salir con la voracidad intacta
de quien aún cree en el horizonte.
Me impulsa
a montar el caballo
y dejar atrás al buitre.
Y aunque la velocidad
a veces me sacuda el miedo,
la alegría del perro
me resguarda de la muerte.
Su cola eufórica
lanza pinceladas
sobre el lienzo de mi vida:
empieza a aparecer
la forma de la esperanza.
Pero en algún rincón del cielo
permanece la duda:
que el buitre venza,
que el caballo se canse,
que la muerte
termine por alcanzarme.
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