Desconfío profundamente de las personas que esperan el invierno con entusiasmo; sospecho que han aprendido a sobrevivir apagando incendios que yo todavía me empeño en alimentar.
Siempre he sido amante del verano. No hablo solamente del calor, sino de esa forma descarada que tiene el verano de ocupar espacio. Las ventanas abiertas, las conversaciones que se alargan sin mirar el reloj, la ropa ligera, los atardeceres que parecen demorarse a propósito para no despedirse. Hay algo generoso en esos meses, algo que invita a existir sin demasiadas explicaciones.
Por eso el otoño nunca llega de golpe para mí. Se infiltra. Primero en las hojas de los árboles, después en la ropa de la gente y más tarde en la duración de la luz. Una tarde cualquiera descubro que el sol se marchó antes de tiempo y comprendo que la estación cambió sin avisar.
Entonces aparecen ustedes. Los amantes del frío.
Los escucho celebrar las primeras lluvias, las mañanas heladas, las bufandas, el vapor escapando de las tazas de café. Lo dicen con una convicción que siempre me provoca curiosidad.
¿Por qué buscan el frío?
Nunca terminé de entenderlo. Habitamos cuerpos de sangre caliente. Arrastramos corazones que pasan la vida entera incendiándose por algo, por alguien, por una idea absurda, por una canción que escuchamos en el momento exacto. Y aun así parecen convencidos de que la respuesta es enfriarse. Volverse hierro. Acero. Nieve. Como si la meta final consistiera en construir un corazón tan blindado que ninguna decepción consiga atravesarlo.
Tal vez funcione. No soy experto en nada, pero sospecho que el precio es demasiado alto.
Porque para evitar ciertas heridas también habría que renunciar a ciertos milagros. Yo prefiero otra clase de desastre. Prefiero dejarme incendiar. Sentir más de lo que pienso.
Admirar cosas que otros consideran insignificantes. Una sombra desplazándose por una pared, la forma en que alguien sonríe cuando cree que nadie lo está mirando, la nostalgia escondida en determinadas canciones.
Tengo la costumbre de discutir conmigo mismos asuntos que probablemente deberían permanecer enterrados. Regreso a viejas conversaciones. Recorro habitaciones que ya no existen. Interrogo recuerdos como si fueran sospechosos de un crimen.
Lo sé, no parece una forma particularmente inteligente de vivir, pero es la única que conozco.
Mi naturaleza siempre fue esa: devorar hasta vaciarme. Y ahí aparece la contradicción. Porque aquello que me alimenta es exactamente lo que termina vaciándome.
Cuanto más siento, más deseo sentir. Cuanto más amo, más vulnerable me vuelvo a la ausencia. Cuanto más me conmueve el mundo, más difícil resulta atravesarlo sin heridas.
A veces pienso que estoy construido con materiales incompatibles. Quiero refugio y tormenta. Permanencia y movimiento. Calma y vértigo. Mis propios pies suelen tropezarse con las promesas que les hago, pero aun así sigo avanzando. Tal vez porque habito la nostalgia como quien habita una ciudad antigua, conociendo sus calles peligrosas, sus rincones oscuros y sus plazas favoritas.
Y desde allí vuelvo a preguntarme por qué les gusta tanto el frío.
Quizás porque mostrarse vulnerable se ha vuelto sospechoso. Mostrar las costuras, las grietas, las dudas, la fragilidad. Todo eso parece ocupar el lugar de aquello que debe ocultarse. Como si la perfección fuera una obligación estética. Como si las cicatrices arruinaran la fotografía. Yo nunca aprendí a hacerlo.
Nunca aprendí a caminar por el mundo con armaduras relucientes. Debajo de cualquier apariencia siguen rugiendo animales de fuego. Hay días en que me descubro desprovisto de toda defensa, apenas una geografía de huesos, pulsos y hambre, como si la vida hubiera tenido la delicadeza cruel de arrancarme cada máscara para dejarme solo ante mi reflejo más antiguo. Entonces comprendo que la vulnerabilidad no siempre sangra goteando de mis heridas, a veces simplemente respira demasiado fuerte. Porque no puedo negar la existencia de mi naturaleza. Está viva. Terriblemente viva. Más de lo que desearía algunas noches.
Quizá el problema sea ése. Hay quienes avanzan porque aprendieron a silenciar sus incendios; yo nunca supe cómo hacerlo. Después de todo, hace falta un poco de muerte para soportar tanta vida.
Por eso tampoco me gusta la lluvia. No me disgusta el agua, me disgusta todo lo que llega escondido detrás de ella. Las veredas vacías, las ventanas empañadas, los planes suspendidos. Las llamadas que nunca ocurrieron y las conversaciones que quedaron esperando una oportunidad mejor. La lluvia tiene una extraña habilidad para reunir pequeñas tristezas dispersas y sentarlas juntas alrededor de la misma mesa.
De pronto una tarde gris parece contener todas las ausencias del mundo, las que ocurrieron, las que no ocurrieron y las que todavía están por suceder.
Sin embargo, intento no darle demasiado poder sobre mí.
He aprendido que ciertos estados del alma son excelentes manipuladores. Les encanta convencernos de que son más grandes que nosotros. Y no siempre tienen razón. A veces observo la lluvia golpeando contra los vidrios y recuerdo algo importante.
Llevo años sobreviviendo a mis propias tormentas.
He cargado inviernos enteros debajo de las costillas.
He confundido finales con pausas y aun así encontré caminos para regresar.
Entonces sonrío, no porque haya dejado de doler, no porque me haya vuelto más fuerte. Sino porque comprendo que existen tempestades que ya no necesitan demostrar nada.
¿Qué podría mojar la lluvia en alguien que lleva años aprendiendo a respirar bajo el agua de sus propias tormentas?
Por eso sigo sin entender cómo les gusta tanto el invierno. Yo lo sufro. No hay bufanda capaz de abrigar ciertas partes de uno mismo. Prefiero el verano. Al fin y al cabo, un exceso de sol podrá dejarme roja la piel, pero jamás el alma.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.


Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in