Se fueron, te las llevaste enredadas en tu pelo y sus ondas; como se estacan los ideales de un niño en su atrapasueños. Me apagaste las lucesy pusiste tus manos por encima de mis ojos. Me invitaste a sentar en tu recuerdo y clavaste hasta el fondo las patas de mi asiento; para que levantarme cueste más, para que pensarte duela menos.
Besaste mi soledad y mi hombría, hoy la primera es más tuya que mía y eso que sé que con la tuya ya venías, porque esa ternura con la que mirás no se consigue ni en una noche, ni en cien días.
Buenos aires no tiene estrellas pero vi las últimas mil que no llegaste a robar titilando en un hotel, como si este me llamara y avisara que al entrar en la habitación 3-C, vas a estar ahí.
¿Y yo?
Y yo estoy peor, porque viniste a ver si seguía vivo y ahora que te vas vuelvo a ser un experto en no saber cómo vivir. Aunque sé que la próxima vez que escriba, el cuaderno olerá a maní y la tinta que en él derrame presumirá de tener el buen sabor de una birra, o el de una petaca de vodka y anís.
Por el momento, me calzaré mi boina y apuntaré a que mi corazón e instintos dicten el camino esta vez, veinte años con la cabeza al frente no tienen caso si no bajan a la retaguardia un rato de vez en cuando.
Oro porque el camino esté plagado de pasión y besos, pocas luces o bajas con solos de saxo, desnudos plexos y cuellos para saborear a plazos. Bajo al barrio bajo de lo vanal y abstracto, tras romper el cero contacto renuncio al sexo con tacto, ya no siento innegociable su calidez. Ya fue demasiado, y tengo demasiado más por ver; de momento empecemos por observar la evolución del auto-marginado a rebelado.
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