Un día, mi corazón se detendrá.
Quizás haya décadas de por medio;
o quién sabe si mañana, como un suspiro fugaz,
quede postrado en mi lecho.
Sea como fuere, sucederá de manera inevitable,
pues la única verdad que conocemos los humanos
es la lúgubre muerte.
Y no ha de temerse el destino que aguarda nuestro ser,
pues a pesar del frío que alberga la nada,
hay una calidez indescriptible,
un aura dulce que, con suavidad,
arropa el final.
Una caricia triste y nostálgica que adormece
al ser cuándo el cuerpo no puede más,
cuando las piernas tiemblan,
las lágrimas se secan y los aromas
se vuelven imperceptibles.
Allí aguarda la esperanza, el silencio
y la libertad.
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