Tengo la certeza de que la literatura tiene el potencial de generar cambios en los estados de consciencia de una persona. Ya sea por su cualidad ficcional, estética, o subjetiva, la literatura tiene la capacidad de generar cambios a nivel de la psique, descentrando al sujeto y al lenguaje. En definitiva, tiene la capacidad de moldear la manera en la que percibimos la realidad cotidiana. No estoy diciendo nada nuevo, pero quisiera reproducir una pequeña bitácora de lecturas y experiencias que me llevaron a dicha conclusión.
Quisiera hacer una regresión bastante exagerada, hasta mis tímidos comienzos en la lectura consciente. Borges: porque me entró hasta por las orejas en la escuela, gracias a Dios. Todavía no me olvido ese día en octavo grado que tuvimos que leer “La casa de Asterión”, y hubo algo en ese cuento que me dejó perplejo. Primero que nada, la extrañeza que me producía que el narrador sea quien uno sabe desde el principio que es “el malo”. Luego las líneas finales, el cambio de narrador.
« El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.»
La imagen de la luz rebotando en la espada, con el cielo de fondo y quizás, por qué no, el mar, me quedó grabada en la memoria. Luego, que «apenas se defendió». Algo de eso me destrozó. Movió algo dentro mío, e hizo que quisiera leer más. Luego leería El Sur, Emma Zunz, Funes, El Aleph, El Golem, etc... Me sumergí en el universo Borges a la vez que intentaba salvar todos los puntos ciegos que mi mente dejaba ver en ese entonces. Referencia que no entendía, referencia que me empecinaba en buscar. Claro que había referencias que no se percibían como tales, por ende, eran invisibles, pero el tiempo se encargaría de develar, al menos, algunas de ellas.
Ese hecho fundacional, desplegó en mí una primera línea de lectura literaria y filosófica muy marcada (actualmente Mattio/W. Benjamin), pero que contenía latente, de manera subterránea, el potencial de una segunda línea mucho más profunda.
Quien permitió, recientemente, conectar la primera línea con la segunda, no es ni más ni menos que Juan José Saer. Más específicamente con la novela Glosa. Esa novela produjo en mí un nivel de extrañamiento tal, que sentí lo que luego identificaría como un «desdoblamiento» de la mente, un cambio de percepción.
Usted dirá ¿qué puede contener una novela que pueda generar un cambio de percepción? Bueno, ahí vamos. Cuando uno empieza a leerlo, dice “¿qué mierda es esto?”. Siente como si remara en dulce de leche. La “acción” se desmenuza segundo a segundo, haciendo que una caminata, incluso un paso, se dilate en el tiempo de tal manera que puede resultar exasperante. La descripción del detalle microscópico (donde literalmente se detiene a describir las partículas de luz o el movimiento de una hoja), la falta de apuro narrativo, y las subordinadas, me desalentaron más de una vez.
«Es, como ya sabemos, la mañana: aunque no tenga sentido decirlo, ya que es siempre la misma vez, una vez más el sol, como la tierra, al parecer, gira, ha dado la ilusión de ir subiendo, desde esa dirección a la que se le dice el Este, en la extensión azul que llamamos cielo, y, poco a poco, después del alba, de la aurora, ha llegado a estar lo bastante alto, en la mitad de su ascenso pongamos, como para que, por la intensidad de eso que llamamos luz, llamemos, al estado que resulta, la mañana —una mañana de primavera en la que, otra vez, aunque, como decíamos, es siempre la misma vez, la temperatura ha ido subiendo, las nubes se han ido disipando, y los árboles que, por alguna razón, habían perdido poco a poco sus hojas, se han puesto a reverdecer, a dar flores otra vez, aunque, como decíamos, es siempre la misma, la única Vez y, como dicen, de equinoccio en solsticio, en la misma, ¿no?, como decía, la llamamos "una", porque nos parece que ha habido muchas, a causa de los cambios que nos parece, a los que damos nombres, percibir—, una mañana de primavera, luminosa, que ha venido formándose desde tres o cuatro días atrás, a partir de las últimas lluvias de septiembre y octubre que han limpiado, en un cielo cada vez más tibio y transparente, los últimos rastros del invierno. Leto no se siente ni mal ni bien: camina olvidado, en la mañana, en el centro de un horizonte material que le manda, en ondas constantes, ruidos, texturas, brillos, olores. Está sumergido en ese horizonte y es, al mismo tiempo, su centro; si, de golpe, desapareciese, el centro cambiaría de lugar.
Pero luego, poco a poco, a fuerza de relectura y concentración, esa resistencia que parecía oponer el autor reveló el propósito de su función. Saer dilata el tiempo y fragmenta la experiencia con un nivel de minuciosidad tal que destruye por completo nuestra percepción automatizada. Es ahí, en esas pequeñas decisiones estéticas donde se las arregla para trabajar de manera más pura el concepto de "extrañamiento", donde la lectura deja de ser una actividad meramente pasiva y genera una desautomatización de los sentidos que uno luego, inherentemente, termina trasladando a la «realidad».
Luego de la sorpresa y el primer fascinamiento que me produjo el autor, empecé a dilucidar —o intentar dilucidar— los mecanismos de escritura que me produjeron semejante cambio psicológico. No sé cómo explicarlo, pero empecé a verme como desde «fuera», como si de pronto muchas cosas que me estaban vedadas por verlas desde un punto de vista estático e inamovible, ahora se desbloquearan gracias a una vista panorámica. El extrañamiento que Saer aplica a la caminata se volvió un filtro para mi propia observación: me pude juzgar con más atención, honestidad y misericordia. Y no sólo a mí mismo. Pude observar de manera más consciente mi mundo emocional interno.
Luego de este pequeño gran acontecimiento, que sólo tenía importancia en mis adentros, y el cual no sabía cómo exteriorizar correctamente, volví a leer Borges: doble maravillamiento. Empecé a leer con más atención, buscando llenar los espacios vacíos, hasta que llegué a la Cábala. Luego, indagando, me doy cuenta de que el tal Scholem, con quien hace rimar Golem en el poema, era justamente el primer historiador del misticismo judío. Ahí fue que empezó la locura que me trae hasta hoy muy entusiasmado (sin contar las infinitas referencias cabalísticas de Borges –«El Aleph» la más evidente–). Es ahí donde confluye la primera línea de lectura con la segunda.
Esta segunda línea empieza justamente con Gershom Scholem, el historiador más emblemático de la Cábala, con quien Borges tuvo breve contacto en un viaje a Jerusalén. Empecé con "Grandes tendencias de la mística judía", que me dio un poco de contexto sobre esta tradición. ¿Por qué me llamó tanto la atención? Primero que nada porque según su concepción (la de los cabalistas), el lenguaje es mucho más que una simple herramienta de comunicación, sino que es el fundamento de la creación y tiene la capacidad de moldear nuestra percepción de la realidad. Segundo, porque fui criado con una enseñanza religiosa, que luego con los años me fui cuestionando. Cada ideología o filosofía que me llegaba a las manos, trataba de diseccionarla con una severidad tal, que tarde o temprano terminaba por abandonarla, ya sea por incongruente, por dogmática, o por ambas. La Cábala, al día de hoy, es la única tradición que encontré, que responde a casi todas mis dudas existenciales de una manera clara y coherente. Se podría decir que está más cerca de la ciencia que de la religión si tomamos en cuenta sus conceptualizaciones. Los cabalistas, si uno lee con atención sus escritos, eran mentes científicas en una época donde la ciencia aún no existía, por lo que debieron utilizar un lenguaje más bien simbólico/religioso para hablar de temas que hoy ya poseen vocabulario propio en sus respectivas disciplinas. Por eso es que los textos son tan crípticos, pero no hablan ni más ni menos que de los misterios de la creación, del alma, y de la conciencia, que aún al día de hoy buscan respuestas.
En esta segunda línea de lectura, fue que encontré lo más cercano a una respuesta al cambio de percepción que tuve luego de leer casi obsesivamente a Saer. Llegó de la mano de Mario Sabán, investigador y profesor de Cábala, en su libro "La cábala: la psicología del misticismo judío":
«Cuando se revela la palabra en Hod (lenguaje), cuando se expresa el lenguaje, esta energía sube hacia la Tiféret (Yo freudiano) y pregunta si realmente esta expresión se ajusta o se acerca a su interioridad. La palabra no es solo un elemento de revelación de la Tiféret, también es una información que el yo necesita para seguir ascendiendo. El lenguaje (Hod) sirve de expresión y comunicación, pero sobre todo comunica al yo. El yo se puede «desdoblar» a través del lenguaje y se puede enseñar a sí mismo por este desdoblamiento lingüístico. La palabra del yo no solo revela: también educa al yo con las enseñanzas ocultas que este yo poseía en forma secreta.»
Si bien este pasaje habla, en realidad, del lenguaje como vehículo hacia uno mismo, cuando lo leí, sentí que ponía en palabras algo que me venía sucediendo y no sabía cómo expresar. En mi caso, un lenguaje externo (y no interno) venía a «desdoblarme», generarme un cambio de percepción que me permitía a su vez, poder entenderme mejor a mí mismo.
Para explicarme mejor debo aclarar lo siguiente respecto a la Cábala, y es que al igual que Freud, distinguen entre distintos tipos de «Yo», pero con un agregado: el «Yo Mental». Cito nuevamente a Saban:
En términos freudianos podríamos decir que Maljut correspondería al «Ello» de los instintos básicos de la animalidad (el alma animal o Nefesh), el «Super-Yo» freudiano pertenece a la Yesod del árbol (la influencia externa o social sobre el yo real), y finalmente la «Tiferet» representaría al «Yo» freudiano, ya que el «Yo» (Tiferet) debe ser mediador entre las pulsiones animales (biológicas) del Ello (Maljut) y la influencia social (moral social) internalizada por el Super-Yo que representa dentro del misticismo judío las fuerzas de Yesod. El «Yo mental» de la Biná (Conciencia e Inconsciente: Biná de la Biná y Jojmá de la Biná) es el que debe resolver los equilibrios en las tres dimensiones inferiores del Yo (Tiferet), del Super-Yo (Yesod) y del Ello (Maljut).
Bajemos este léxico al cotidiano, ya que la idea es que sea algo útil. El Ello freudiano-Yo biológico es quien se manifiesta en nuestras necesidades corporales, cuando comemos, dormimos, etc, y el estrato del alma donde opera se denomina «Nefesh»; el Super Yo freudiano o Yo social (Yesod) se manifiesta en nuestras relaciones con los demás, es nuestro ego, lo que mostramos al mundo; y junto con nuestro Yo freudiano o Yo emocional (Tiferet), quien sería nuestro «Yo ejecutivo» o la conciencia del día a día, operan en la dimensión del alma denominada «Ruaj»; el «Yo Mental» o Biná, que en este caso no tendría equivalente freudiano, sería quien actúa de observador de los tres Yo anteriores, es la consciencia observadora o testigo, y opera en el nivel de alma denominado «Neshamá».
Se podría decir que el «Yo Mental» es el que coordina al resto, pero eso no quiere decir que los otros tres dejen de existir, sino que debemos oscilar entre todos ellos, ya que una fijación en el «Yo Mental», podría caer en un dogmatismo intelectual estático.
Volviendo a mí caso con Saer, comprendo que me sucedió lo siguiente: el extrañamiento (recurso literario) funcionó como una herramienta del lenguaje que interrumpió mi consciencia tiferética o «Yo ejecutivo» y desplazó la atención hacia mi «Yo Mental» o Biná. Es decir, el extrañamiento funcionó como una tecnología del lenguaje que distanció al Yo observador del Yo observado. Claro que esto no sucedió de un momento a otro, sino que se fue dando de manera lenta y gradual, a medida que iba leyendo y releyendo.
Así como puede suceder un desdoblamiento del Yo mediante el lenguaje, entiendo que esto puede suceder de infinitas maneras. Dependiendo de la persona, puede ser a tráves de la pintura, el deporte, la música, o cualquier otra actividad que te obligue a concentrar la atención a tal punto que la percepción cotidiana se desplace y deje lugar a una percepción observadora. En definitiva, creo que un poco leemos para eso: para que una combinación precisa de palabras nos mueva un toque el eje, nos saque de la inercia cotidiana, y nos obligue, aunque sea por un rato, a mirarnos desde afuera.
Bibliografía
Borges, J. L. (1949). La casa de Asterión. En El Aleph.
Borges, J. L. (1960). El Golem. En El hacedor. Emecé. (No citado, referenciado indirectamente)
Saer, J. J. Glosa (1986). Seix Barral.
Sabán, M. (2016). "La Cábala. La psicología del misticismo judío". Editorial Kairós.
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