Son muy pocas las veces que me siento tan sensible. A tal punto de sentirme transparente. A tal punto de verme por dentro.
Tanto será que la memoria, al cerrar los ojos, me lleva a esa habitación llena de tus recuerdos más sentidos. Al punto de que mi corazón lleva el mismo ritmo que ese día donde me dejaste abrazar tus miedos. Y me dejaste ver, por primera vez, cómo mirabas una ventana. Diciéndome que, para abrir la cabeza, había que mirar el cielo hasta que las estrellas se apaguen.
Son muy pocas las veces que mi corazón se siente de esa manera. Y me hace pensar que nunca se quiso ir. Simplemente quiso quedarse en esa ventana, mirando las mismas estrellas que encontré en la curva de tus ojos.
Tan pequeño ese mundo donde solo entraban nuestras carcajadas. Y cuadros con recuerdos. Como si el tiempo hubiera aprendido a quedarse quieto dentro de una conversación.
Mi cabeza, por otro lado, insiste en que cierre ese capítulo.
El corazón, de su lado más terco, insiste en querer seguir esperando el ruido de una notificación que no llega.
Realmente no sé qué extraño. El alma que me dejó ser libre. O el hombre que supo ser sin sentirse juzgado.
Qué extraña costumbre la de la nostalgia. Convencerme de que el pasado fue hogar. Y el presente, una habitación fría, vacía.
Todavía no aprendo a despedirme, supongo.
Entonces me lleva a pensar que es por eso que vivo sumergido en el mar de la nostalgia. Porque sigo habitando la nostalgia de lo que viví. En un presente que todavía me lleva a sentir.
Tal vez, algún día, también aprenda a mirar el mismo cielo sin esperarte en cada estrella.
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