Hay un espacio reservado en mi calma.
Un lugar sin etiquetas, sin nombres.
Pero ahí yace la sombra de alguien que ya supo estar.
No espero como si la soledad fuera a nombrar la impaciencia.
Sigo avanzando, cambiando la página,
dejando que las raíces sigan creciendo bajo tierra,
tranquilo en mi serenidad.
Espero con fe,
porque creo, firmemente,
que lo que es del alma
no necesita ser encontrado.
Y si ese día nunca llega,
que nadie diga que desperdicié mi vida.
Porque esperar
no siempre es quedarse quieto. A veces,
esperar
también es seguir avanzando
con un lugar del corazón
que eligió no olvidarse.
Mientras tanto,
sigo tomando mates
con la silla que está frente a mí,
vacía,
pero con el calor de un corazón
que sabe latir al mismo compás que el mío.
El amor no es una sucesión.
Lo vivo como un encuentro excepcional.
Algo que acaricia el alma.
Algo que deja huellas.
Quizás, cuando la vida vuelva a cruzarnos,
ya no encuentre los mismos libros en la repisa.
Quizás tampoco encuentre al mismo hombre.
Y ojalá sea así.
Porque esperar nunca fue quedarme inmóvil,
sino llegar al mismo abrazo
después de haber aprendido a caminar.
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