Dicen que el corazón sabe el amor que necesita; algo completo, algo justo y, quizás, un hogar seguro. También sincero, donde puedas mirar cada pared con las marcas que tiene: a veces mal pintadas, ralladas o, quizás, todavía recién construyéndose.
Los ojos, en cambio, piden, contradictoriamente, lo más parecido a la perfección. Qué injusto: que mi corazón pida un hogar seguro y mis ojos miren con vanidad. Qué extraña contradicción.
Anhelamos un amor sincero, pero solemos buscarlo solamente en aquello que hace brillar a los ojos. Como si el alma supiera exactamente qué necesita para florecer, pero, inconscientemente, mis ojos persiguieran jardines donde la primavera nunca llega.
Quizás mi corazón y mi manera de mirar tendrían que aprender a caminar juntos, para ayudarme; para que, incluso dentro de las tormentas veraniegas, sepan cultivar una flor, un amor y un hogar seguro donde pasar esas lluvias.
Que mis ojos no confundan un amor completo con una belleza vacía. Porque, al final, el amor que queremos no siempre va a ser el primero que los ojos deseen. A veces... es el primero que nos ve de verdad, con nuestras complejidades y desastres; que sabe encontrar un orden dentro de tanto quilombo y hace que mi corazón entienda que, por fin, después de tanto esperar, encontró ese hogar donde descansar.
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