París estaba lleno
de hombres difíciles de salvar,
almas consumidas lentamente
por el tiempo y la ciudad.
Pero entre todos ellos
existía alguien imposible de ignorar…
Lucien.
Así lo llamaban.
Un espectro entre la gente,
un fantasma bajo el sol,
de esos que caminan lento
como cargando una maldición.
Las personas murmuraban
al verlo pasar:
—Ese hombre tiene algo muerto…
algo difícil de explicar.
Porque jamás hablaba mucho,
ni sonreía al caminar,
y en sus ojos habitaba
una tristeza imposible de ocultar.
Todos soñaban con gloria,
con riqueza y posición,
con mujeres elegantes
esperándolos bajo algún balcón.
Pero Lucien estaba vacío.
Completamente apagado.
Desde joven amó el arte,
la tinta, el mar y el papel,
soñando con dibujar mapas
para hombres sedientos de recorrer.
Quiso estudiar cartografía,
darle rumbo a la inmensidad,
pero la pobreza destruye sueños
mucho antes de comenzar.
Así terminó en el campo,
trabajando hasta sangrar,
viendo morir lentamente
los años frente a su mirar.
Gastaba en vino y tabaco
lo poco que podía ahorrar,
intentando llenar el vacío
que jamás logró nombrar.
Su familia era modesta,
gente simple del lugar,
sus hermanas partirían con nobles
buscando una mejor vida al marchar.
Sus padres viajarían al este
para descansar en tranquilidad,
mientras Lucien seguía perdido
como un barco lejos del mar.
Y fue una noche cualquiera,
entre apuestas y oscuridad,
cuando el destino dejó un violín
reposando frente a él sobre el bar.
Un noble perdido y ebrio
lo había apostado sin pensar,
después de dejar su fortuna
entre excesos y placer fugaz.
Lucien ganó aquella apuesta
sin siquiera querer participar,
y arrastró el viejo violín
como quien carga un peso que jamás pidió llevar.
Mucho se hablaba en las calles
de músicos capaces de hechizar,
de hombres como Paganini
que hacían llorar con solo tocar.
Pero para un simple campesino
consumido por la necesidad,
aquellas historias parecían
fantasías demasiado lejanas para alcanzar.
Y aun así el violín quedó allí,
cubierto de polvo junto a la pared,
como si aguardara en silencio
el instante exacto para renacer.
Hasta que una tarde de lluvia,
al regresar exhausto del jornal,
Lucien encontró la casa vacía
y un frío difícil de soportar.
—Ven con nosotros…
o quédate aquí hasta desaparecer.
Y aquellas palabras cayeron
pesadas como hierro sobre la piel,
porque un hombre de veintitantos años
jamás supo qué rumbo escoger.
No sería noble ni héroe,
ni aprendió siquiera a vencer,
y aunque muchas veces quiso rendirse…
nunca tuvo el valor de caer.
Era un cobarde.
Uno demasiado perdido
para volver a renacer.
Terminó viviendo en un edificio
devorado por humedad,
donde dormían vagabundos,
mujeres de paso y artistas sin hogar.
Las paredes olían a tabaco,
las madrugadas a soledad,
y cada cuarto escondía
almas cansadas de naufragar.
El vecino junto a Lucien
jamás guardaba tranquilidad,
día y noche se escuchaban
melodías golpeando el lugar.
Cuerdas, copas y partituras,
pasos difíciles de descifrar,
como si dentro de aquella habitación
algo se negara rotundamente a morir jamás.
Y una noche consumido
por el humo y el malestar,
Lucien golpeó la puerta
exigiéndole callar.
Pero el anciano soltó una risa
difícil de descifrar:
—Muchacho pasa y escucha…
esto será inmortal.
Lucien cruzó lentamente
hacia aquella habitación,
donde dormían partituras
entre polvo y desolación.
El viejo parecía perdido,
consumido por el dolor,
uno de esos hombres rotos
que sobreviven por obligación.
Pero incluso entre el desastre
resultaba fácil notar
que aquellas manos cansadas
habían nacido para tocar.
Mientras la música crecía
dentro de aquel lugar,
algo tibio y desconocido
comenzó lentamente a despertar.
No era rabia.
Ni tristeza.
Ni ganas de escapar.
Era algo mucho más humano…
difícil de explicar.
Como si después de tantos años
pudiera volver a respirar.
Entonces corrió hacia su cuarto
sin siquiera pensar,
y volvió cargando el violín
que había ganado tiempo atrás.
—Toma… toca una pieza.
El anciano observó el instrumento
y negó con seriedad:
—No volveré a tocar otro violín…
sería traicionar a mi viola una vez más.
—¿Traicionar?
preguntó Lucien sin comprender.
A lo que el viejo responde:
—Fue el último regalo de mi esposa…
antes de desaparecer.
Decía que yo soñaba demasiado,
que jamás iba a cambiar,
y terminó abandonándome
junto a la música y el alcohol.
Las noches siguieron muriendo
entre tabernas y licor,
mientras Lucien y el anciano
bebían intentando olvidar el dolor.
Muchos lo llamaban loco,
un hombre sin cordura ya,
pero incluso los borrachos
respetaban su forma de tocar.
Porque aunque hubiese perdido la mente
y olvidado cómo descansar,
sus manos seguían haciendo
cosas imposibles de explicar.
Y en los momentos de silencio,
cuando el viejo no estaba más,
Lucien intentaba tocar el violín
a escondidas de la ciudad.
No era rápido ni virtuoso,
ni poseía habilidad,
sus movimientos eran torpes,
imperfectos al avanzar.
Pero había algo extraño…
cada vez que rozaba las cuerdas
comenzaba a llorar.
Reía.
Sollozaba.
Temblaba sin parar.
Como si todo aquello
que jamás logró expresar
escapara violentamente
junto a cada nota al sonar.
Las noches siguieron muriendo
entre humo, copas y licor,
hasta que Lucien perdió el campo,
el rumbo y la dirección.
El anciano le abrió la puerta:
—Quédate muchacho…
total cuánto más he de durar yo.
Y entre canciones mal tocadas
y partituras sin terminar,
Lucien empezó lentamente
a entregarle el alma al violín y al compás.
No buscaba gloria.
Ni riquezas.
Ni aplausos al tocar.
Solo quería sentir algo
capaz de hacerlo vibrar.
Porque al rozar aquellas cuerdas
el pecho dejaba de pesar,
pero al soltar el instrumento
todo volvía a lastimar.
Y mientras Lucien aprendía,
el anciano comenzó a empeorar.
Su cuerpo ya no respondía,
estaba cansado de luchar.
Hasta que una madrugada fría
simplemente no despertó más.
Lucien se quedó observándolo
sin saber cómo reaccionar.
No lloró.
No habló.
No sintió absolutamente nada.
Como si el vacío de siempre
hubiese vuelto a reclamar su lugar.
Entonces encontró entre papeles
una pieza sin terminar,
tomó el viejo violín…
y comenzó lentamente a tocar.
La melodía sonaba herida,
demasiado humana para ignorar,
como si cada nota arrastrara
años enteros de soledad.
Y por primera vez desde niño…
Lucien empezó a llorar.
Entonces caminó hasta la cantina
donde el viejo solía tocar,
y le suplicó al dueño:
—Déjame interpretar esta pieza…
solo una vez y nada más.
El hombre guardó silencio
antes de contestar:
—Está bien muchacho…
pero paga lo que el viejo quedó debiendo al marchar.
Lucien dejó sus últimas monedas
sobre la barra del bar,
después de meses consumidos
entre juerga, licor y soledad.
Sus manos temblaban.
Le costaba hasta respirar.
Pero dentro del pecho existía
una calma difícil de explicar.
Aquella noche en la cantina
solo había unas cuantas almas más,
algunas dormidas sobre las mesas,
otras demasiado ebrias para escuchar.
Entonces Lucien levantó el violín…
y comenzó lentamente a tocar.
Recordando las palabras del anciano:
—Si vas a hacerlo mal…
al menos hazlo con el alma y ya.
Las notas atravesaron el humo
haciendo al silencio temblar,
y hasta los hombres más perdidos
levantaron la vista al escuchar.
No era rápido.
Ni perfecto.
Ni intentaba impresionar.
Solo tocaba despacio…
como un hombre cansado de callar.
Pero lo que estremeció la cantina
no fue únicamente la melodía al sonar…
fue ver cómo aquel hombre frío
comenzaba a reír y llorar.
Y cuando terminó la pieza
más de veinte personas llenaban el lugar,
aplaudiendo sin comprender del todo
qué acababan de escuchar.
Pero Lucien,
al bajar el violín,
volvió de golpe a la realidad.
Seguía roto.
Sin dinero.
Sin hogar.
Entonces el dueño de la cantina
lo observó antes de hablar:
—Si continúas tocando así muchacho…
puedes quedarte a trabajar.
—Tengo un sótano vacío
y una botella para acompañar.
Lucien aceptó el trato…
sin saber que aquella noche
su vida acababa de cambiar.
Algunos meses pasaron
bajo la lluvia de París,
mientras Lucien cargaba cajas
desde el alba hasta el fin.
Durante el día parecía muerto,
un hombre difícil de distinguir,
pero en las noches el violín
lo hacía sobresalir.
Porque apenas rozaba las cuerdas
comenzaba a temblar,
llorando frente a desconocidos
como una bomba a punto de estallar.
Y el rumor cruzó la ciudad:
—Existe un maniático en un bar…
deberían escucharlo tocar.
Las calles hablaban de Lucien
con miedo y curiosidad,
decían que parecía un mendigo
intentando volverse inmortal.
No vestía como un virtuoso,
ni sabía cómo encajar,
era un borracho consumido
por tabaco y soledad.
Pero cuando el violín lloraba
todo el lugar quedaba en paz,
como si aquellas notas rotas
supieran dónde lastimar.
Y aun así nada bastaba.
Tenía todo lo humanamente vital
Pero algo dentro del pecho
comenzó lentamente a despertar.
Escuchó historias
difíciles de imaginar:
decían que todo músico
debía primero tocar
frente al palacio de Versalles
si quería su nombre elevar.
Y después… Viena.
La cima imposible de alcanzar.
El lugar donde los grandes
lograban volverse eternidad.
Y para un campesino perdido
entre tabaco y amargura,
aquello parecía un sueño
demasiado lejano para intentar.
Y aun así viajó a Versalles
solo para verlo al pasar,
pero apenas cruzó la entrada
lo obligaron a irse.
Los guardias rieron al verlo,
como quien mira a alguien sin valor,
mientras el palacio brillaba
como un sueño imposible para un peón.
Algo despertó en Lucien
difícil de explicar,
porque por primera vez en años
sentía un rumbo al caminar.
Algún día tocaría allí…
aunque pareciera imposible
para alguien como él llegar ahí.
Aquella tarde volvió derrotado
sin rumbo por la ciudad,
hasta chocar accidentalmente
con una joven dama al pasar.
Las frutas cayeron al suelo,
y Lucien respondió sin pensar:
—Ten más cuidado al caminar.
Pero ella alzó la mirada
con extraña tranquilidad,
y en vez de enojo o desprecio
solo respondió:
—Disculpad.
Lucien siguió su camino
como si nada fuera especial,
pero algo dentro de aquella mujer
se negó rotundamente a olvidar.
Leya estaba casada
con un hombre de autoridad,
uno de esos nombres importantes
cercanos a la iglesia y la alta sociedad.
Pero jamás lo había amado.
La vida simplemente la empujó
hacia aquella realidad.
Y días después, durante una cena,
su esposo mencionó a Lucien al hablar:
—Existe un violinista en París…
uno completamente desequilibrado.
—Le llaman el maniático insensible…
la gente paga por verlo llorar.
Y algo brilló en los ojos de Leya
difícil de disimular.
—¿Cómo se llama?
preguntó casi sin pensar.
—Lucien.
—Trabaja en un bar miserable,
aunque algunos nobles lo quieren escuchar.
—¿Deseáis verlo tocar?
Y Leya aceptó en silencio
mientras se iba a arreglar,
sin entender por qué aquel nombre
seguía regresando a su mente sin parar
Lucien llegó al restaurante
sin ganas siquiera de entrar,
hasta que entre la multitud elegante
reconoció a la mujer del mercado pasar.
Pero lo que realmente golpeó su pecho
fue observarla junto a su esposo caminar.
Algo parecido al disgusto
cruzó su mirada fugaz.
Antes de tocar observó la sala
repleta de lujo y falsedad,
y entonces levantó lentamente el violín
con una violencia imposible de ocultar.
—Esta pieza es nueva…
murmuró sin mirar atrás.
Y las notas comenzaron a romper
la calma superficial del lugar.
No era música elegante.
Era rabia.
Dolor queriendo escapar.
El violín gritaba con fuerza
demasiado brutal para un restaurante de sociedad.
Pero mientras algunos aplaudían fascinados
viendo el espectáculo comenzar,
otros observaban horrorizados
aquel hombre llorando sin parar.
Porque Lucien no tocaba para entretener.
Tocaba como alguien intentando sobrevivir.
Y Leya quedó inmóvil observándolo
sin siquiera poder respirar,
como si por primera vez en años
alguien estuviese siendo real.
Cuando la presentación terminó
ella pidió inmediatamente bajar
a conocer al hombre
que había hecho llorar al restaurante entero al tocar.
Detrás del bullicio y las luces,
apartado del lugar,
Lucien fumaba en silencio
bebiendo sin siquiera mirar.
El esposo lo observó con desprecio
antes de extender la mano y hablar:
—Mucho gusto.
—Ella es mi esposa, Leya…
quería conocerlo en persona nada más.
Lucien levantó apenas la mirada.
—¿Les gustó la pieza?
Leya asintió en silencio
sin saber qué contestar,
porque aún seguía sintiendo
las notas dentro del pecho vibrar.
—Jamás escuché algo así…
murmuró con honestidad.
Pero Lucien únicamente bebió
antes de responder sin emoción:
—Entonces escucharon demasiado mal.
El esposo soltó una risa incómoda,
Leya no dejó de observar,
como si intentara entender
por qué aquel hombre sonaba tan roto al hablar.
—Buenas noches.
Y Lucien se marchó del restaurante
como si nada importara realmente al final.
Pero al regresar a la cantina
algo comenzó a sentirse mal,
un cansancio silencioso…
un dolor difícil de ignorar.
Al día siguiente un médico
le habló con absoluta frialdad:
—Tu hígado comienza a pudrirse…
si continúas así no vivirás mucho más.
Pero Lucien soltó una risa
sin siquiera pestañear,
como si escuchar la muerte
ya no lograra impresionarlo más.
Y aunque fingió no escucharlo,
algo empezó a cambiar,
porque en el fondo temía
no dejar nada detrás.
Entonces comenzó a encerrarse
sin descansar,
escribiendo pieza tras pieza
sin volver siquiera a mirar el sol entrar.
Hasta que una tarde el dueño
lo llamó para hablar:
—Necesito que toques mañana
en una reunión particular.
—La organiza el sacristán más importante de Francia…
y pagarán bastante más.
Lucien aceptó con desgano
como aceptaba todo lo demás,
y al cruzar aquellas puertas
volvió a verla una vez más.
—Hola…
murmuró apenas,
con cierta incomodidad.
Pero ella no dijo nada.
Y por primera vez en mucho tiempo…
Lucien sintió el peso de su frialdad.
Durante horas ayudó en silencio
intentando acercarse un poco más,
buscando cualquier excusa absurda
para volverla a escuchar hablar.
Hasta que entonces una inmensa cortina
comenzó despacio a levantarse detrás…
Y allí estaba Leya.
Cubierta por un vestido
imposible de describir,
como si la luna esa noche
hubiese aprendido a existir.
Lucien quedó inmóvil.
Por primera vez en años
sintió algo distinto vibrar.
No era ansiedad.
No era tristeza.
Ni aquel vacío imposible de callar.
Era un deseo prohibido…
demasiado difícil de controlar.
Porque aquella mujer casada,
ajena e imposible de alcanzar,
acababa de despertar en él
algo demasiado humano para ignorar.
La observó acercarse lentamente
entre velas y oscuridad,
y con una torpeza impropia de Lucien
terminó comenzando a hablar:
—Disculpe usted, gran dama…
—Pero necesito decir la verdad.
—Es usted la mujer más hermosa
que mis ojos han logrado mirar.
—Se ve tan libre entre toda esta gente…
que nada de lo que digo parece importar.
Leya sonrió apenas,
con cierta tristeza al contestar:
—Y tú te ves tan apagado…
tan cansado de respirar.
Conversaron durante horas
apartados del salón principal,
mientras las voces y las copas
parecían desaparecer detrás.
Ella preguntó por su música.
Él por aquel matrimonio desigual.
Y poco a poco comprendieron
que compartían más heridas de las que podían imaginar.
Porque Leya también vivía rota,
aunque supiera disimular,
como un ave cubierta de oro
incapaz de escapar.
—Estoy condenada…
murmuró mirando el suelo al hablar.
—Como si llevara grilletes
abrazándome los brazos al caminar.
—No puedo abandonar al sacristán…
mi madre y mi hermana dependen de esta estabilidad.
Lucien la observó en silencio
antes de responder con honestidad:
—Qué triste suena eso…
—A mí me abandonaron
todos aquellos que alguna vez logré amar.
Y ambos soltaron una risa incómoda
demasiado frágil para durar.
Porque los dos entendían perfectamente
lo que era sobrevivir sin libertad.
Lucien jamás había amado.
Ni siquiera sabía cómo empezar.
Las únicas mujeres que tocaron su cuerpo
lo hicieron por deseo y nada más.
Pero aquella noche algo distinto lo motivo a actuar
Tomó el rostro de Leya
sin detenerse a pensar,
y terminó besándola
como quien teme dejar de soñar.
Ella respondió apenas unos segundos
antes de intentar escapar.
—Vete…
—Debes interpretar tu pieza…
esto no debió pasar.
—Yo nunca he sido libre, Lucien…
ni creo llegar a serlo jamás.
Él bajó entonces la mirada
antes de contestar:
—Nunca fui libre tampoco…
solo aprendí a disimular.
—Viví cargando un vacío
difícil de soportar.
—Y cuando conocí a mi maestro
comprendí una verdad…
—Si seguía viviendo de esa forma
iba a terminar mal.
Leya lo miró en silencio
con una tristeza familiar,
y antes de verlo alejarse
susurró con suavidad:
—Yo también cargo mis guerras…
desde mucho tiempo atrás.
—Pero cada mañana me obligo
a querer un día más.
—Quiero conocer Versalles…
caminarlo hasta el final.
—Quiero sentir que mi vida
vale algo de verdad.
Entonces tomó la mano de Lucien
con evidente fragilidad:
—Prométeme que algún día llegarás allí.
Lucien sintió el pecho temblar
sin poderlo evitar,
y tras un largo silencio
respondió casi a punto de llorar:
—Lo prometo.
—Voy a lograrlo…
aunque me cueste llegar.
—Por ti…
—Por mí…
—Por esta necesidad absurda
de algún día escapar.
Y aquella noche Lucien dejó la fiesta
sin siquiera tocar.
Mintió diciendo que el dolor del hígado
volvía a empeorar.
Pero la verdad era más simple…
tenía celos de verla con alguien más.
Se encerró dentro del sótano del bar
durante días sin descansar,
dejando atrás los viejos hábitos
que antes solía necesitar.
Y entre partituras vacías
comenzó lentamente a crear
la pieza más sensible de su vida…
nacida de un amor fugaz.
Cada nota llevaba escondido
aquello que jamás pudo expresar.
Ese deseo imposible de alcanzar.
Hasta que una noche el dueño del bar
terminó entrando sin llamar.
—Muchacho, si no vuelves a tocar
no podrás seguir viviendo acá.
Lucien levantó lentamente la mirada,
y por primera vez en mucho tiempo
pareció volver a brillar.
—Esta noche tocaré de nuevo…
murmuró con una extraña emoción al hablar.
Y cuando subió nuevamente al escenario
el bar estaba repleto de verdad,
lleno de damas, caballeros
y niños escondidos intentando mirar.
Lucien tomó el violín
mientras el lugar comenzaba a guardar silencio.
—Esta pieza…
murmuró con la voz quebrada.
—Se llama “Bloqueo Emocional”.
Y entonces comenzó a tocar.
Las notas parecían hablar,
arrastrando, tristeza, rabia,
celos, deseo y felicidad
Era como escuchar un corazón humano
rompiéndose lentamente al sonar.
Algunos comenzaron a llorar.
Otros simplemente dejaron de hablar.
Porque aquella melodía no parecía música…
Parecía el alma de Lucien
desangrándose frente a la ciudad
La presentación terminó entre lágrimas y conmoción, y aquella noche el nombre de Lucien alcanzó por fin la corte.
Pero él apenas lo notó.
Bajó del escenario en silencio, guardó el violín sin hablar, y terminó durmiendo en el sótano demasiado exhausto para pensar.
Hasta que una voz furiosa lo obligó a reaccionar:
—¡Despierta de una vez idiota! ¡La corte te mandó a buscar!
Lucien abrió los ojos lentamente, todavía sin reaccionar, mientras varios guardias elegantes lo observaban con seriedad.
—Ponte tu mejor traje.
—Desean escucharte tocar.
Por un instante creyó que se trataba de otra broma más, uno de esos sueños absurdos destinados siempre a terminar mal.
Pero al subir al carruaje un comentario lo hizo temblar:
—El sacristán y su esposa también asistirán.
Desde aquella noche
no volvió a verla jamás.
Nunca intentó buscarla,
ni arrastrarla a su realidad,
porque incluso alguien como Lucien
sabía cuándo callar.
Y aun así su mente inquieta
comenzó lentamente a imaginar
qué ocurriría si entraba al palacio
y se atrevía a buscarla.
Pensó en enormes corredores,
en salones imposibles de alcanzar,
y en la absurda posibilidad
de volverla a encontrar.
Entonces llegaron a Versalles.
Y Lucien quedó inmóvil
sin saber cómo reaccionar.
El palacio parecía eterno,
imposible de dimensionar,
como si hubiese sido construido
solo para hacerlo sentir menos al mirar.
Y aun así…
nada de aquello conseguía impresionarlo de verdad.
Porque mientras cruzaba jardines
y escuchaba murmullos resonar,
solo podía pensar en Leya
y en si volvería a verla una vez más.
En aquella joven
que devolvió algo de humanidad
a un hombre consumido
por años enteros de frialdad.
Lo guiaron entre galerías eternas,
candelabros y mármol imperial,
hasta que una voz atravesó el silencio:
—La corte espera escuchar.
Lucien sostuvo el violín despacio
intentando aparentar calma,
aunque el pulso le traicionaba
golpeándole fuerte dentro del alma.
Salió frente a toda la corte.
Los rostros parecían distantes.
Las voces difíciles de descifrar.
Y entre toda aquella multitud
solo distinguió a Leya
junto a un enorme ventanal.
Entonces comenzó la pieza.
Las notas avanzaban lentas,
quebradas, cargadas de pesar,
como si cada acorde arrastrara
años enteros de vacío y tempestad.
Algunos quedaron fascinados.
Otros desviaban la mirada al escuchar.
Porque Lucien no tocaba con elegancia…
tocaba con hambre y necesidad.
Y Leya ocultó el rostro
mientras intentaba no llorar,
porque aquellas notas rotas
parecían hechas para lastimar.
Y justo cuando la pieza
rozaba su punto más visceral,
una cuerda del violín rasgo el momento
silenciando la corte real.
Los murmullos comenzaron de inmediato.
Los nobles reaccionaron con crueldad.
Lucien inclinó la cabeza
intentando explicar:
—Solo necesito unos minutos…
permítanme continuar.
Pero nadie quiso escucharlo ya.
Entonces dejó el escenario
sin siquiera mirar atrás,
atravesando largos pasillos
sin poderse calmar.
Sus manos temblaban
ante la idea de buscar,
aquello que amaba
y no lograba olvidar.
Pasó por viejos salones,
por escaleras y murmullos al pasar,
hasta encontrarla escondida
frente al jardín central.
Lucien respiró despacio
antes de atreverse a preguntar:
—¿Te gustó la pieza?
Ella levantó la mirada,
pero le costó contestar:
—Debo marcharme…
—Mi esposo no puede verme junto a ti,
va a sospechar.
Y entonces Lucien dio un paso
sin detenerse a pensar:
—Leya…
—Es momento de escapar.
Ella frunció apenas el ceño.
—¿Escapar?
—A Viena.
—A Praga.
—A cualquier lugar
donde podamos comenzar.
—Viviremos de mi música,
o trabajaré en el jornal.
—Pero prometo cuidarte
hasta el final.
Algo dentro de Leya
parecia quebrarse al escuchar.
—¿Y mi madre?
—¿Y mi hermana?
—¿Qué será de ellas si decido escapar?
Su voz tembló de rabia
mientras volvía a reclamar:
—¿Crees que soporté toda esta vida
para huir con alguien sin nada?
Entonces sacó un pequeño sobre
y lo empujó sin mirar:
—Toma esto y desaparece.
—O llamaré a los guardias
si decides continuar.
Su voz comenzaba a romperse.
La de él también.
Y Lucien entendió al final:
ella deseaba seguirlo…
pero no podía dejarlo todo atrás.
Lucien salió del palacio
sin saber hacia dónde andar.
Las luces del centro de París
comenzaban a titilar.
Quiso volver al humo,
al veneno de siempre,
pero solo encendió un cigarro…
el último que iba a fumar.
Llevaba el pequeño sobre
apretado contra el gabán.
Pensó en arrojarlo al fuego,
pero terminó por mirar.
La carta era corta y sencilla
Amo a mi madre y a mi hermana.
Todo lo hice por ellas y nada más.
Quisiera escapar contigo…
pero no sé si la culpa me dejará.
Espérame mañana.
En la estación central.
Y si no llego a las doce…
prométeme que te irás.”
Lucien quemó la carta
viendo las cenizas volar.
Su violín quedó en el palacio.
Su vida también, quizá.
Con las pocas monedas
que conservaba al caminar,
pasó la noche en la estación
esperando verla llegar.
El amanecer arribo despacio.
Y con él comenzaron los rumores al pasar.
El dueño de la cantina
lo había acusado ante la ciudad.
Decían que había traicionado a la corte.
Que era enemigo de Francia y un blasfemó más
Los guardias comenzaron a buscarlo.
“El maniático del violín.”
Así lo empezaron a llamar.
Lucien se ocultó entre la gente
mientras las horas corrían sin parar.
Cada sonido entre la multitud
lo obligaba a voltear.
Pero Leya nunca llegaba.
Y el reloj seguía avanzando
sin piedad.
Entonces compró dos boletos.
Y en uno escribió, sus últimas palabras a Leya
Le entregó el boleto a una empleada
antes de subir al vagón final.
Aquella mujer conocía a Lucien.
Lo había escuchado tocar
durante noches enteras
en cantinas junto al boulevard.
Por eso aceptó ayudarlo
sin decir una palabra más.
El tren comenzó a moverse.
Y Lucien observó París
desapareciendo detrás.
Ya no era el mismo hombre
que vivió en pena allí.
Había tristeza en sus ojos, sí…
pero algo parecido a la paz también.
Horas después, Leya llegó corriendo
hasta la estación central.
No a tiempo.
Pero llegó.
La empleada se acercó despacio
y le entregó el boleto al pasar:
—Te lo dejó el violinista
antes de marchar.
Leya lo tomó en silencio
sin atreverse a mirar.
Y al leer aquellas líneas
sus ojos comenzaron a brillar.
“Iré a Graz.
Trabajaré donde pueda
hasta volver a empezar.
Te esperaré en la estación
cada mañana al despertar.
Y si un día decides huir…
prométeme que allí me buscarás.”
Leya guardó el boleto
con una sonrisa difícil de ocultar,
decidida a reunir el valor
que no alcanzó a juntar.
Mientras tanto, en Graz,
Lucien volvía cada mañana al andén central,
esperando entre la niebla
ver aquel rostro una vez más.
Nadie sabe qué ocurrió después.
Pero cuentan quienes lo vieron pasar
que una mañana Lucien sonrió
al ver un tren avanzar.
Porque entre la multitud
creyó verla llegar.
Y desde aquel amanecer
nadie volvió a verlo esperar.
Tal vez huyeron juntos.
Tal vez lograron escapar.
O quizá el destino, cansado al fin
de verlos sufrir y naufragar,
cerró las puertas del pasado
y los dejó comenzar.
Lejos del ruido de Francia…
donde nadie pudiera volverlos a separar.
Su última función sonaba así:

Nicolas Olarte
Escribo poesía y compongo piezas instrumentales para crear atmósferas, cada texto tiene un sonido; cada sonido nace de lo no dicho.
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