Era el principio del último año (creo) de secundaria. El paso del tiempo vaciaba las aulas y las clases se volvían más íntimas.
En clases de dibujo un día nos desafiamos a crear una bitácora personal. Un cuaderno en blanco total invitaba a mirar más para fuera y más para adentro.
Doblamos mil hojas, cortamos las tapas: coser y encuadernar.
Elegimos papeles y cubrimos la agenda. Todas eran diferentes, ninguna llevaba escrito ningún nombre, aun así reconocibles: pero todas se marcaron una identidad.
Nació un pacto entre nosotros de seguir solo dos simples reglas para crear, para completar esta bitácora:
1. Usarla todos los días. Crear todos los días.
2. Cada día crear una imagen (un boceto, un dibujo, una pintura, un collage) y un texto (un escrito propio, ajeno, de puño y letra o recortado, un poema, una descripción, una referencia, un nombre).
Infinitas posibilidades.
Ya no, pero casi siempre llevé ese hábito. Un texto y una imagen, que marcan mis días.
Bitácora:
El blanco total / Tabula rasa / Retratar para afuera / Retratar para adentro / ¿Cómo nacen los artistas? / ¿Para dónde se habrán ido?
Empezar. Siempre empezar.
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