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24/Agosto/2025

Dentro de mí hay bichos.

No es una metáfora.

Los siento caminar.

Patitas finas como cabellos rotos

recorriendo el interior de mis costillas.

A veces se detienen.

A veces se agrupan en mi estómago

y pulsean.

Y yo los alimento.

Los alimento con cada noche que no duermo.

Con cada vez que digo "estoy bien" y me estoy pudriendo.

Con las manos que vuelvo a formar de polvo

sabiendo que mañana las mataré otra vez.

Les doy de comer mis ganas de llorar

y las lágrimas que nunca salen.

Les doy el miedo.

Les doy la rabia.

Les doy esa cosa caliente que se me sube a la garganta

cuando veo a alguien reír de verdad.

Porque si los bichos se van.

¿qué queda?

Queda el silencio.

Queda el vacío que había antes del hoyo.

Quedo yo sola,

sin gusanos que me coman,

sin manos que me sostengan,

sin ojos muertos que me miren.

Quedo yo

y no soy nada.

Por eso los alimento.

Para sentir que algo vive dentro.

Para que algo me recuerde que existo.

Porque el sufrimiento

es lo único que me ha recuerda que estoy viva.

Ellos son lo que me diferencia.

Sin ellos,

soy una más entre los que están arriba.

Una más que sonríe sin gusanos.

Una más que duerme sin manos en la nuca.

Una más que se mira al espejo

y ve una cara que no se deshace.

Y yo no puedo ser una más.

Yo ya soy el hoyo.

Yo ya soy lo que se arrastra.

Si me quitan los bichos,

me quitan el único trofeo de este infierno:

el saber que yo sufro como nadie,

que yo me pudro como nadie,

que mi oscuridad es más oscura que la tuya.

Pero una noche

algo cambia.

Los bichos se agitan.

Suben por mi garganta como una marea negra.

Patas, antenas, cuerpos blandos,

un enjambre entero empujando desde adentro.

Y no puedo contenerlos.

Ya no.

Abro la boca

y salen.

No los escupo.

Los vómito.

Vienen con ácido, con bilis, con algo que parece sangre vieja.

Caen al suelo del hoyo

retorciéndose,

enredándose unos con otros,

formando un montículo que late.

Me limpio los labios con el dorso de la mano

y los miro.

Son feos.

Son horribles.

Son los más hermosos que los he visto nunca.

Porque han estado conmigo.

Porque me han comido desde adentro

y ahora están afuera

y me da pena.

Me da pena verlos en el suelo mojado

sin mí.

Pero entonces

el montículo se abre.

Una grieta.

Una luz que no viene de arriba.

Viene de los bichos mismos.

De su podredumbre.

De su muerte colectiva.

Y de entre los cadáveres,

de la masa de patitas y alas rotas y cuerpos aplastados,

algo empuja.

Algo mojado.

Algo que tiembla.

Una mariposa.

No es hermosa como las de arriba.

Es pequeña.

Sus alas son grises, casi transparentes.

Tiemblan.

Gotean algo espeso.

Pero se abre.

Se abre despacio

como si le costara nacer

como si los bichos hubieran guardado esta última semilla

para el final.

La veo secarse.

La veo estirar las alas

con ese movimiento torpe de lo que recién aprende a ser.

Y luego

vuela.

Sube.

Sube despacio.

Pasa por las manos que ya no me sostienen.

Pasa por los ojos muertos que ya no me miran.

Pasa por la entrada del hoyo

y se va.

No vuelve.

No me mira.

No me dice gracias.

Y yo me quedo abajo.

Vacía.

Sin bichos.

Sin el ruido de las patitas.

Sin el calor de la podredumbre.

Sola.

Por primera vez sin nada adentro.

Y es peor.

Es mucho peor que tenerlos.

Porque ahora sí que no soy nada.

No especial.

No diferente.

Solo un hueco que respira

y que vomitó lo único que tenía.

Pero la mariposa

sabe que existí.

Y tal vez eso

tal vez eso

sea lo más hermoso de todo.

Emily dayana

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