"Lo que yo quiero es que tus besos me den eso,
que yo por eso juego si tú a mí me das un beso."
— Beso sobre beso, Aníbal Velásquez.
El día había sido largo, por demás. Ambos tomaron compromisos como una simple excusa para que la humanidad de ambos coincidiera. Amigos en común, una ahijada en común y un sinfín de coincidencias que, con el pasar de los días, empezaron a pesar más y más, haciendo inevitable el roce y la tensión.
Las borracheras aflojaron sus lenguas en más de una ocasión. La marihuana y el amanecer hicieron lo demás. Orgánico, espontáneo, simple y sencillo. Lo que es, es y punto. Ambos lo supieron desde el primer momento.
El ambiente se tensó, y no de una tensión agradable. Tampoco nació de ellos.
—¿Vamos a la plaza? Acá no está todo muy bien.
—¿No vas a tener problemas?
—Si vamos rápido, no. Tengo un porrito. Aunque hace frío y es tarde... si querés ir, y si no, lo dejamos para otro día.
Él supo que era una oportunidad única para hablar y acabar, de una vez, con las dudas.
¿Que si habían hablado? Paso a explicarlo.
Hablar, habían hablado. Pero jamás en esa intimidad y sin haberse reventado el hígado.
—Vayamos rápido así no se me ve desde allá.
—Si querés, caminá adelante mío.
—¿Tan chiquita soy?
—Yo soy gigante. Dale, no nos pongamos en esa. ¡Jajaja!
La plaza estaba fría y los bancos húmedos. A ella no le importó en lo más mínimo. Se había comprado una campera de cuero negro ese mismo día y, antes de salir, se había pintado los labios de un rojo intenso.
Él entendió que estaba todo planeado desde el principio y que solo su imaginación ingenua podía sortear la posibilidad de que todo fuera una casualidad.
—Bueeeeno... —exclamó él, con su voz rasposa—. ¿Qué onda?
—Primero voy a armar el porro. Mientras... ¿vos tenías dudas? Puedo escuchar y responder mientras armo.
—¿Hace falta que te pregunte todo de nuevo?
—Daaale, chabón. Ponele un poco de onda.
—Si aceptás que estás nerviosa, vuelvo a hacerte las mismas preguntas.
—Bueno, sí. Estoy nerviosa. ¡Te odio!
—Si me odiaras, estarías en tu casa calentita mirando tele.
—¿Ves?
—¡Jajajaja! Bueno... quiero saber qué pasa y para dónde va todo esto, porque no estaría entendiendo nada.
—Vos no estabas en mis planes. Creo que yo tampoco estaba en los tuyos. Yo estoy separándome. Pero ahora quiero que se vaya. Ya mismo.
Se desviaron de la conversación una y otra vez. Hasta que los chistes y las preguntas sin sentido empezaron a transformarse en preguntas cada vez más incómodas.
—Bueno, nada. Yo no sé qué va a pasar, pero me gustás. Lo que pasa es que yo no quiero hacerte esperar. Pasé de comprometerme en Navidad a querer separarme y estar sola en cinco meses. Se muere mi ídolo, comparto el dolor con vos, te escucho y me hacés sentir un montón de cosas.
—¿Qué te gustaría que pase a vos?
—Quiero seguir charlando con vos. Quiero seguir escuchándote. Quiero saber de dónde venís, de dónde salen todas esas historias que contás. Cada vez que soltás tus anécdotas y escucho cómo pensás, es como tener una pieza nueva de un rompecabezas que quiero armar.
—Me suena a juguete nuevo. No me malinterpretes. Creo conocerte y no te veo así. Al contrario.
—Sos un boludo.
—Sí, es una cualidad que tengo también. Viste, vos me conocés también.
—Te odio.
—Sí, ajá.
Un silencio repentino se adueñó de la plaza, ubicada al costado de las vías. Ni el viento se animó a agitar las hojas de los árboles. Los vagabundos se enmudecieron. El tren dejó de pasar.
Habían estado hablando durante tres horas, pero en ese momento solo pudieron mirarse a los ojos.
Él se dispuso a cortar el ambiente espeso y evitar sonrojarse después de haber sostenido la mirada tanto tiempo.
—Dame un beso, por favor.
—No. Ahora no. Te dije que me conoce todo el mundo acá.
—Es que me muero de ganas. Igual era una joda.
—Sí, seguro. A vos te gusta la adrenalina. Ya te saqué la ficha. Yamila tiene razón: sos un villero atrevido.
—¿Y eso es bueno o malo? A mí me gusta cómo sos. Estás re linda, ¿sabías?
—Y vos estás hermoso.
—¿Vos me viste bien? Estoy re villero, de verdad.
—Igual que cuando te vi por primera vez. Así te conocí. Y me encanta cómo te vestís.
—¿Y qué más te gusta de mí?
—Tengo miedo de que esto sea cliché.
—¿Qué?
—Dale, ¿no te diste cuenta? Primero cómo hablás. Lo inteligente que sos. Y después arreglás todo. Te veo con una herramienta en las manos y no lo puedo explicar... lo que siento cuando te veo arreglar cosas. Sos gigante, sos re lindo, sos tierno. Y no lo forzás, no te inventás un personaje. Quiero saber todo de vos. Pero sos el estereotipo de macho y, al mismo tiempo, no. Sos un villero, un negro blanco, un tipo culto.
—Vos sos la primera persona que me pregunta, que me responde y que me discute de esa manera. Nos conocimos peleando por fútbol. Después nos unió la pasión. Seguimos con la política, la música... ¿Me das un beso?
—¡Jajaja! Te dije que todavía no.
—Bueno, sigo. Decís que sos aburrida, pero yo veo todo lo contrario. ¿Sabés qué opino? Que nos definen más las ganas de hacer que lo que hayamos hecho. Cuando me confesé, te dije que no quería pincharla. Que me sentí cómodo y por eso hablé. Pero que no quería que nuestras conversaciones se terminaran. En serio, de piola. No me molestaría que esto quede en una linda anécdota.
—¿Vos querés que quede en una anécdota?
—No sé qué quiero. Lo único que sé es que tengo un proyecto de vida y que no lo cambio por nada. Y el que conozca mi bondi y lo comparta, está invitado a subirse.
—Tenés unos ojazos, unas re lindas facciones y unos labios hermosos.
—Entonces... ¿me vas a besar?
—¡Que todavía no! ¡Jaja!
—Bueno... ¿entonces qué hacemos?
—Son las tres y media de la mañana. Tenés que volver.
—Yo de acá no me voy hasta saber qué vamos a hacer.
Ella se acerca, toma su mejilla caliente y lo ve sonrojarse. Lo besa.
—¿Te acordás que me dijiste ayer? Que las cosas que pasan sin planearlas terminan siendo inevitables. Me hiciste pensar igual que vos. Y eso es algo que te sale muy bien. Yo te respondo, pero te voy a hacer una pregunta más y quiero sinceridad. Cuando yo pueda estar con vos sin restricciones, cuando tengamos que dejar de darnos la mano por debajo de la mesa o abrazarnos a escondidas... esto va a perder emoción, adrenalina, va a perder morbo, que sé que te encanta. ¿Te voy a seguir interesando? ¿Va a tener sentido para vos?
—Me gusta el morbo. Soy un hijo de mil puta y sé que da miedo. Yo no te busqué, vos a mí tampoco. Aparecimos. Y sí: quiero seguir debatiendo, conversando, peleando y compartiendo sueños. Ya estoy re jugado. Vos querés vivir. Vos sos disciplina. Yo soy adrenalina en su estado más puro. Vos sos orden y planificación. Yo soy una biblioteca desordenada.
Ella se quedó en silencio. Lo vio a los ojos con seriedad y miedo. Se mostró vulnerable, a pesar de que la vida le enseñó a no mostrar nunca una debilidad. Menos ante un hombre.
Hasta que vomitó todo aquello que contenía.
—Le di dos meses para irse. Este mes casi se termina. No quiero que dejemos de vernos. Quiero hablar por WhatsApp y dejar de hacerlo por Instagram. Quiero abrazarte enfrente de todos. Pero aunque quiera hacerlo, también hay que esperar para mostrarnos como si nada. Vamos a tener que vernos en otro lado que no sea acá. Así y todo, los dos sabemos que no somos nada. Que no nos vamos a poner de novios mañana, y mucho menos casarnos. Pero vamos a poder conocernos de una forma que hasta ahora no se nos da.
Él se acerca y, sin preguntar, amaga un beso en la boca que termina en la mejilla.
—Si no funciona, va a ser una linda anécdota. Si funciona, va a ser una hermosa historia. Pero si primero funciona y después deja de hacerlo, quiero que sepas que va a doler de verdad. Pero, como siempre digo, prefiero sentir el amor y pasarla mal, que no sentir nada.
—Sos tan lindo... y tan rosquero a veces.
—Pero... ¿me querés? ¿O no?
—Sí.
—Ah, ¿¡sí!?
—Se me escapó.
—No sabés mentir. Capáz por eso no me ganás jugando al truco.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.


Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in