Bendito el día en que toqué esos labios.
Bendito el día en que pude ver ese rostro cerca de mí y adorar cada detalle.
Cómo extraño ese primer encuentro, la sensación de sentir tu piel por primera vez.
Se siente todo tan nostálgico: tu sonrisa, tu risa, tu pelo alborotado, el viento de febrero chocando contra nuestros rostros.
Ya no hay días así, al menos no como esos.
Extraño meterme a escondidas en tu auto, con ansiedad, sigilosa, como si escapara de algo o alguien. Irme hacia la otra punta de la ciudad con vos, para perderme de mi vida un rato, pero encontrarme con algo nuevo y hermoso como vos.
Bendito sea el día en que te conocí. Ya no alcanzan los rezos a Dios para agradecer haberme cruzado en tu camino y el hecho de que él te haya puesto en el mío.
Te amo más de lo que amo mi vida.
Tocaste fibras —y heridas— que hace rato no dejaba relucir ante los demás.
Después de tanto dolor, de tanto sufrimiento, de haberme hundido hasta el fondo, sentirte fue renovador.
Jamás podré olvidar las tardes y noches compartidas; no habrá otras iguales.
Intento mantenerme positiva, no angustiarme, no caer en el bajón. Pero es tan difícil cuando no estás vos.
Ni siquiera te acabaste de ir y ya te extraño.
Mi cuerpo se altera, mi ansiedad sube, y ese nudo frustrante en la mitad del cuello vuelve a aparecer.
¿Qué puedo hacer sin vos?
¿Cómo podré aprender sin tu presencia, si ya hace tiempo que no sé lo que es vivir con tu ausencia?
Esa es la parte dolorosa de la costumbre, de la que nadie habla. Acostumbrarse a alguien te mata, te consume. Memorizar la rutina de alguien, aprender todas sus cosas favoritas, recordar el olor de su cuerpo. Porque entonces, cada vez que establecés un nuevo camino, siempre aparece algo que te devuelve a ese lugar. Que te recuerda que ese alguien está más presente que nunca.
Vos lo estás todos los días de mi vida.
Ojalá me hubiera dado el alma para amarte más, para hacer que te quedes, que te sintieras en paz. Pero todas mis técnicas resultaron inútiles.
No sé cómo vivir sin vos, y creo que tampoco quiero saberlo.
Lo único a lo que jamás deseo acostumbrarme es a tenerte lejos.
Ojalá la distancia no fuera la única solución, y así podría borrar cada frontera que nos separa en este momento.
Juro que recorrería todo el mundo para encontrarnos de nuevo. Pelearía con lo que sea y con quien sea para tenerte otra vez. Para que seas mío de nuevo.
Yo soy tuya, eternamente, hoy y siempre.
Agarraste mi corazón y lo convertiste en un jarrón de vidrio: frágil, sensible, visible a los demás.
Venciste mis garras de hierro e hiciste conmigo lo que quisiste.
Me convertiste en una muñeca de trapo, en un ser hipersensible y entumecido.
Ni siquiera yo sabía la cantidad de lágrimas que podía acumular.
¿Cómo es posible que tantas emociones juntas se me atasquen en el pecho?
La verdad es que no estoy lista. No quiero decir adiós. Aunque hacerlo implique crecer, sanar, perdonar y avanzar. Pero nada de eso tiene sentido si, al final del día, te vas.
Me retuerzo sobre mi cuerpo mientras me dejo fundir en el piso.
¿Qué misión tendrá Dios para nosotros? ¿Qué tan sabio es el universo, que supo que pasaría esto? ¿Qué tanto pecado le hemos servido al mundo para que nos haya puesto en un mismo lugar, nos dejara ser y luego nos arrebatara todo de un momento a otro?
Despegarme de vos es un proceso doloroso. Mi cuerpo, a esta altura, está demasiado mutilado y, con ello, dejo una parte de mí en vos.
Aferrada, apegada, arrancando con eso un trozo de mi corazón.
Ya no puedo siquiera verme al espejo sin verte a vos en el medio, a través de mi imaginación, de mis fantasías.
Extraño verte, sentir tu rostro, oler tu respiración, el calor de tus labios, la suavidad de tus manos.
¿Por qué no pueden ser mías para siempre?
¿Por qué siento que todo es tan injusto?
Siento que te voy a extrañar toda la vida.
Que jamás voy a poder escapar de esta sensación. Que voy a seguir en pausa, esperando hasta la próxima vez que te pueda ver.
Ya no quiero escuchar mis canciones favoritas, no quiero dormir en mi cama; ni siquiera vestir tu ropa en mi propia casa me hace sentir bien.
Quiero hundirme en vos y desaparecer de mi vida un rato.
Que me protejas de todo lo malo.
Que me cuides como nadie nunca me cuidó.
Que me beses como si fuera a desaparecer mañana.
Que me mires como si fuera la última persona en el mundo.
No quiero a nadie ni nada más, solo a vos.
El tiempo compartido fue lo mejor de este amor, de lo mejor que he vivido.
Ojalá las pastillas me hicieran sentir tan bien como tu presencia.
No hay nada en este mundo, actualmente, que pueda ganarte.
Y ni siquiera sé cómo hacés.
Solo sé —y quiero creer— que somos el uno para el otro. Lo siento tanto en mi corazón.
Tengo seguridad de pocas cosas en esta vida, pero si hay algo de lo que no dudo es de que fuimos hechos para estar juntos; que sos esa parte que vive fuera de mí, pero que tanto necesito. Que te amo, que amo la persona hermosa que sos.
Que te sentís como un aire puro que quisiera respirar todas las mañanas.
Mi corazón está en bandeja para vos, siempre que lo desees, siempre que lo necesites.
Estoy.
Gracias por ser el mejor hombre del mundo conmigo.
Y aunque en algún momento dije lo contrario, yo misma sé que, mientras escribía esas líneas, mentía.
Te mentía a vos, me mentía a mí misma.
Mentí cuando me creí capaz de estar sin vos.
La verdad es que no puedo. Y no quiero. Jamás.
Te amo con mi vida.
Voy a hacer todo lo posible por hacerte permanecer en la mía.
Te amo, Pedro.
Te amo.
Tendría que habértelo dicho más veces.
Tendría que haber sido sincera con vos desde un principio. Que yo quería todo, te quería a vos completamente.
Te quiero aún, y me duele no poder tenerte.
Me duele mucho perderte. Por mi culpa, por no estar a la altura de lo que tu alma necesita.
Ojalá puedas perdonarme.
Las bendiciones y los buenos momentos no significan nada para mí si no obtengo tu amor.
Nada importa sin tu calor.
No hay nadie como vos.
¿Qué más decirte? No quiero deprimirte, pero aunque me desees lo mejor, lo mejor siempre fuiste vos. No puedo ser feliz sin mi hombre.
Ojalá pudiera ser como esas chicas lindas e independientes. Fuertes, dignas, que se llevan el mundo por delante.
El mundo me lleva a mí en una montaña rusa constante, y lo único que puedo hacer es armar algún que otro despelote por ahí.
Soy así. No creo cambiar.
Caprichosa, desinteresada, impulsiva, totalmente absorbida por el encanto de lo mundano. Me encanta disfrutar de la comida sin modales, alcoholizarme hasta las risas, huir de los problemas que yo misma causé, jamás hacerme cargo de los corazones que rompí, enloquecerme hasta la violencia y angustiarme hasta el llanto. Extremista, desbordada, demasiado sentimental para este mundo.
Tal vez, demasiado para todos.
Loca, histérica, exagerada, dramática. Tantas cosas que podría considerar opuestas a lo que se espera de una mujer como yo.
Tengo todo para ser mi mejor versión y, aun así, decido ser un desastre.
Y, aun así, decido amarte con todos mis defectos.
Pocas cosas disfruto de esta vida: tomar café en la merienda, escuchar el ronroneo de mi gato, leer poesía, trasladarme a otro mundo en cuanto entro a una sala de cine, dormir una buena siesta, sentir el viento frío que me quema la cara cuando fumo en el balcón, cuando hago reír a mis amigas…
Nunca creí que vos te sumarías a esa lista. Pero tu presencia es de lo más reconfortante.
Extraño tanto esas cosas.
Sentir cómo me acariciabas la mano, cómo me sostenías la pierna en el auto, cómo me besabas y cómo cada beso se sentía con un gusto distinto. Tu manera de mirarme con amor. Tu forma de buscar mi calor indirectamente. Tu forma irritante y particular de molestarme.
Ojalá tu falta no se sintiera tan pesada.
Y a veces me pregunto si, dentro de todas esas particularidades que tanto odio de mí misma, vos encontrabas belleza en ellas.
¿Te sentiste reconfortado en algún momento?
¿Amaste mis particularidades como yo amé las tuyas?
Ojalá pudiera saberlo algún día.
Pero te sigo escribiendo y sigo con las mismas dudas de siempre. Jamás respondiste ninguna de mis preguntas en esas cartas.
Cuántos secretos puede guardarse para sí mismo un ser humano.
Ojalá la vida me perdone y me dé tiempo para sanar.
Pero, sobre todo, para que vos me perdones y podamos volvernos a encontrar.
Te extraño demasiado.
No sé nada de vos desde que cortamos.
Hago todo lo posible para no llorar cada día en el que busco pistas sobre dónde estás.
Donde sea que estés en este momento, ojalá estés bien.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.


Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in