Estoy sola hasta que entra la noche y la luna se esconde tras las nubes. Yo, bajo las sábanas, deseo que mi mente me transporte a otro lugar. Porque extraño ser una niña; ahora soy solo una adulta triste. Tal vez antes también lo era, pero no lo recuerdo con claridad.
Hoy leí un poema que decía que, cuando crecemos, tenemos recuerdos de una infancia y no distinguimos las ilusiones inventadas o adquiridas de la verdad, pero que son un bálsamo. En eso estoy de acuerdo, para lo áspera que está en momentos la realidad.
Por eso me abismo en el recuerdo...
Estamos allá, lejos, en el camino de tierra al final de la calle. El invierno es frío, pero siempre es cálido a tu lado, sin dudar. El brasero está encendido, el ruido de los pájaros entra por la ventana abierta para que la naturaleza sea el despertador de nuestras noches, de la cual no podemos desconfiar.
Sentimos la frescura de la mañana, sentados en la mesa redonda para desayunar, ver el amanecer, descansar y unirnos en tranquilidad. Esa es la única meta a mi tan corta edad. Mientras vemos las cañas moverse. El día apenas comienza, aun así no desperdiciamos ni un segundo.
Me subo a tu bicicleta; me adapto a su tamaño aunque me pueda caer y golpear. Doy vueltas y mis ojos te buscan. Me gusta saber qué hacés, cómo cosés nuestras mantas, la comida que no te gusta preparar pero lo hacés por amor, que siempre nos supiste dar. Aprendo a tejer pulseritas que decoran mis manos, juego a ser independiente y a tener un lugar, a transformar ese espacio chiquito, cerca de la cocina, en mi hogar. Imagino que podría vivir allí, cerca de vos y de todo lo que amás.
El abuelo nos construyó un atrapa mariposas naranja; corremos a buscarlo, probamos su eficacia pero siempre sin dañar. Es verano, hace calor, pero no importa porque queremos alcanzar esas alas amarillas, aunque sabemos que luego las vamos a liberar. Es solo ese instante de felicidad, de sostener lo imposible con constancia y mucho cuidado, sin ansiedad.
Se acerca el mediodía y el olor a fideos caseros lo invade todo. Se escucha el portón y el abuelo entra en su bicicleta trayendo una gaseosa y pan. Lo seguimos hasta la entrada y nos llamás para entrar. Por supuesto, no nos gusta dormir la siesta, pero a vos sí, en el suelo de la pieza que está entre la cocina y tu habitación. Pero esta vez te convencimos de que nos lleves a pasear. Juntamos varias rocas para coleccionar, nos tambaleamos en los rieles, entramos a un campo y usamos la naturaleza como un tobogán.
Volvemos a casa y el olor a manzana hervida perfuma la tarde que está a punto de llegar. El aroma a sol de la ropa limpia que el viento deja al pasar son cosas que sé que no voy a olvidar. Sentadas afuera, en estructuras de cemento, nos contás tu historia porque tenemos mucha curiosidad. Hago mia tu tristeza. Mi corazón se encoge y deseo transportarme a esa época y traerte conmigo para que seas una niña y nada más.
La noche llega, el frío aumenta, los pájaros cuentan que va a empeorar, pero siempre hay planes y eso me gusta; me impide sobrepensar. La familia del vecino es grande y ruidosa y nos invita a jugar. Me siento grande, me dejan participar. Hay risas, café y torta a la parrilla.
Es de madrugada, volvemos de la mano, en medio de la oscuridad. Nos acostamos juntas en una cama llena de frazadas tibias. Me siento segura, me duermo, y si me vuelvo a despertar sé que estarás para decirme que nada malo me va a pasar.
El día vuelve a empezar, pero me despierta una alarma esta vez. Sobresaltada, me siento en la cama de un departamento en la ciudad. Me doy cuenta de que estoy sola, de que ya no somos las mismas, ninguna de las dos. Porque yo ya no soy una niña y vos, vos en realidad no estás.
Aunque me gusta pensar que un día te invité a conocer mi nuevo hogar y pudiste venir. Miramos las vidrieras una tarde cualquiera, caminando, porque aún no sé manejar. Te conté de la vez que me rompieron el corazón y también de cuando me volví a enamorar.
En unos años, no sabré si eso fue un recuerdo o un anhelo de algo que no pudo pasar.
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