Me voy a la cama. Me levanto. Vuelvo a dormir. Me vuelvo a despertar. Empujo los días, espero que pasen, espero que vuelva eso y no lo hace. Atrapada en un limbo emocional, en el ruido blanco que se genera en ausencia de sentimientos, de pensamientos claros.
Ya no hay esperanza, pero tampoco desesperanza. Miro adentro. Intento ver adentro y mis cosas se amontonan, en mi pecho, entre mis manos. Ya no siento que vaya a llegarme nada. Nada más. Miro al frente: incierto futuro que soy incapaz de abarcar. No hay luces, no hay sombras.
Es como si todo me diera igual. Identifico lo que era bueno, lo que se sentía bien, pero ahora es áspero como la arena. No me duele por lo que es, me duele por lo que ha sido. ¿Y yo? No soy la misma, me doy cuenta. Mis pensamientos y, lo que es peor, mis verdades absolutas han cambiado. Intento que de verdad me da igual, seguir en movimiento, ignorar esta herida que va desangrándose.
Atravesada la carne, penetrada el alma. Intentó ignorarla, pero me desgarra. Me desangra.
A mi alrededor parece que han movido los muebles. Esta ya no es mi casa. El espejo me devuelve la misma cara, pero yo ya no soy yo, ni mi casa es mi casa. ¿Es momento de partir? Miro al frente. No hay luces, no hay sombras. ¿Dónde están los colores? Es diciembre, es agosto, es el tiempo que ya no significa nada.
Supongo que ya está, me visto de tristeza y dejo que vaya vaciándose el cántaro.
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