Cuán preciosa es aquella que domina el firmamento
en las noches, serenas, con la paciencia
y la armonía de un infante aletargado.
Ella es más que una casualidad fugaz,
o inclusive más que una deliberada eternidad,
pues al pertenecer a la cruel y etérea existencia,
su propio cuerpo es incapaz de reconocer
cual es el final de su historia.
Yo estaré a su lado —o mi alma, quién parta antes—
para que pueda ver que su rostro, bello en esencia,
será recordado por nosotros, meros mortales.
Y no quiero que la mortalidad sea motivo de llanto,
ya que nosotros, al contrario que la dama Blanca, sí conocemos cual es
la última página de nuestro libro. No se puede escapar de aquella
mortecina —de la que tantas veces hemos hablado—
pues es exigente con su trabajo.
Trabajo que, para aquella que nos observa desde la distancia,
es una herida voraz que la hace desaparecer durante algún tiempo,
maldiciendo con verdadera sutileza a su hermano, el que parte de día,
pues este es despreocupado con sus allegados.
¡Oh, Dama Blanca, cuando las estrellas sean contempladas por mis ojos una
última vez, iré a visitarte a tu lecho!
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