Una vez amé a un espejo.
Lo veneré como a un dios doméstico: con miedo y con devoción.
Lo colgué en el único rincón inevitable de la casa, de modo que cualquier camino me llevaba a él.
Lo visitaba veinte veces al día. Tal vez más.
Lo cuidaba como a un enfermo.
Lo lustraba con un paño reservado sólo para su superficie.
Rozaba su borde con el dedo, como quien acaricia un secreto.
Le hablaba, le cantaba, le bailaba.
Él me devolvía la risa cuando desafinaba una estrofa, y brillaba de gozo al verme delirar con una canción de los ochenta.
Me sacaba charla cuando peinaba y secaba mi largo pelo.
También soportaba en silencio mi enojo, mi tristeza o esa resignación sin nombre que a veces me pesaba en los ojos.
Con los años, envejecí.
Él también, aunque nunca lo advertí.
Los espejos también mueren.
Aún colgados, su corazón se apaga.
El mío ya no me miraba. Ya no escuchaba. Ya no devolvía nada. Era una ausencia fija en la pared.
Un día me armé de valor.
Lo descolgué con torpeza, como quien arranca sin querer, con el codo, una hojita débil y achicharrada del potus.
Y lo enterré con una tranquilidad ridícula.
Desde entonces, me acompaña el presentimiento de que todavía me observa.
Y cada vez que vuelvo la cabeza, descubro, aterrada y fascinada, que ya no está.
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