Eras el hambre y yo la dosis, la dopamina ardiendo en cada arteria, un fulgor blanco, una dulce psicosis que transformaba en oro tu materia.¿No era yo el azúcar de tu café temprano? ¿La batería que encendía tus días grises? Hoy me sueltas de tu mano, y me arrojas al léthe de los infelices.
¿Qué hallaste en esos brazos delicados que mis besos kármicos no te dieron? Quizás mis miedos, siempre estrafalarios, a tu refinado paladar ofendieron. Te fuiste tras la sal, tras lo inerte y frío, dejando mi intangible dolor en carne viva, como una muñeca en llamas, amor mío, que en su propio incendio se siente cautiva.
Hoy soy el niño que llora su caramelo perdido, un alfeñique quebrado por tu ausencia. Me queda el vaho de lo que hemos sido... Un rastro de azúcar, una vana esencia. Te endulcé la vida hasta quedar empalagado, y ahora que prefieres otro sabor más rudo, mi corazón se apaga, trémulo y lánguido, en este desamor, amargo y desnudo.
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