Arranco pasos
donde solo hay arena,
-arado mental-.
El aire raspa,
anida una rabia
con arcadas de recuerdos.
Ardí.
Ardía.
Arderé.
Adentro,
el cartílago cede,
la sangre arma ríos.
Entro.
El calor arterial no abriga,
aprieta, asfixia, arruina.
La dermis se desgrana,
los tejidos exudan
amargura en ráfagas carmesí.
Abro el diafragma,
arca intima
arrecife de sombras.
Los vasa vasorum
acusándome:
“Aquí empieza tu abismo”.
Ahí lo veo,
mi infierno:
no un demonio, no un dios.
Un armazón hecho a mi imagen,
reprimido,
retenido, retorcido.
Lo abrazo
y en esa amalgama
entiendo:
no desciendo
a mi infierno
lo arrastro conmigo.
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