Ante el peligro, la holoturia se divide en dos:
con una parte se entrega para ser devorada por el mundo,
con la otra huye.
Se divide violentamente en pérdida y en salvación,
en multa y premio, en lo que fue y lo que será.
En el centro del cuerpo de la holoturia se abre un precipicio
de dos orillas repentinamente ajenas entre sí.
En una orilla la muerte; en otra la vida.
Aquí la desesperación, allá la esperanza.
Si existe la balanza, los platillos no se mueven.
Si existe la justicia, hela aquí.
Morir lo necesario, sin exagerar.
Crecer lo necesario, de lo que se ha salvado.
Sabemos dividirnos, es verdad, también nosotros.
Pero sólo en cuerpo y susurro interrumpido.
En cuerpo y en poesía.
A un lado la garganta, la risa al otro,
ligera, callándose rápido.
Aquí el corazón pesado, allá non omnis moriar,
tres pequeñas palabras como tres plumas al vuelo.
El precipicio no nos corta en dos.
El precipicio nos rodea.
A Halina Poswiatowska, in memoriam

Giovanni Battista Manassero
Escribo para encontrar lo extraordinario en lo cotidiano, entre el absurdo, la nostalgia y el mate bien amargo.
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