No sé si el monstruo de mi cabeza se alimenta de mí... o yo de él.
De repente pienso en eso y todo se vuelve un rumor frío en la cabeza.
No sé si el monstruo de mi cabeza se alimenta de mí… o si soy yo el que —por costumbre— le arroja migajas cada noche.
A veces creo verlo pequeño, hambriento y casi dócil, y por ternura le doy un bocado de mis certezas. Otras, despierto y descubro que ha crecido: sus ojos ocupan la habitación, su aliento huele a culpa antigua, y yo solo intento aprender a respirar entre sus fauces.
Puede que lo nutra con mis silencios, con las sonrisas que fingen, con los pasos que no doy. Puede que le dé de comer mis recuerdos y él, agradecido, me devuelve versiones retorcidas de mí mismo: miedos con voz alta, certezas mordidas, promesas masticadas y escupidas.
Y hay noches en que me pregunto si seré yo quien se alimenta de él. Si en esa carne oscura encuentro consuelo: una excusa para no salir, una compañía que entiende la tristeza, un nombre para el vacío. Quizás lo necesito porque me enseñó a sobrevivir; quizás le di el sustento porque sin él sería demasiado real estar solo.
No tengo respuesta. Solo el murmullo.
Y la sensación de que, en cualquier caso, estamos presos el uno del otro: yo, dándole vida; él, recordándome que existo.
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