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aurum fulminans

Aug 1, 2026

57
aurum fulminans
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Los rayos del sol se reflejan en su cutis. Su pelo, dorado por la luz, brilla como el trigo al mediodía. El verano ya llegó y hace un calor ensordecedor.

Aturdido, luego de quedarse dormido bajo un olivo, se pregunta cuánto tiempo duró su descanso; el sol cambió de lugar, lo que sugiere que quedó envuelto entre el sueño y la vigilia por un largo rato, en un trance medio adormecido, medio despierto.

El aire es vehemente y espeso; se vuelve una masa tibia y vibrante, tan densa a su alrededor que al respirar parece entrar luz en lugar de oxígeno. Mientras camina, como si el tiempo no le importara, a paso demorado hacia el campo de trigo, el sudor bajaba lento, cálido, húmedo y abrazador. Sentía el cuerpo pegajoso, como si el verano le hubiera lamido la piel.

En lugar de buscar sombra, lo atravesó un deseo súbito: el de tener un pincel entre los dedos. Tuvo la certeza de que, si no pintaba, se iba a derretir con el día.

Al llegar, empieza a pintar con una energía casi febril; siente cómo su cuerpo se mueve por sí solo. Llena el lienzo de trazos, uno tras otro; el pincel apenas le alcanza para seguir el ritmo de lo que ve.

El color se asemeja a la miel derretida. Es hipnótico, le quema los ojos, pero no puede dejar de pintarlo. Llega a un punto en el que solo puede ver ese fulgor dorado, como si ningún otro pigmento existiera. El aire, el campo y el paisaje lo habían devorado por completo, hasta parecer hechos de la misma sustancia incandescente.

Con el paso de las horas, el entusiasmo inicial se apaga poco a poco, al mismo tiempo que el sol se esconde. Cada vez más agotado y frustrado por no poder capturar lo que ve con exactitud, va perdiendo la paciencia.

Una bandada de cuervos cruza el cielo de forma repentina. Él los sigue con la mirada; parecen tan libres que por un momento envidia su vuelo. El viento los empuja hacia el horizonte, mientras el campo se sumerge en un silencio quieto.

Decide que es hora de volver a su habitación; ya está por caer la noche. Al entrar, el atardecer se desliza por las paredes, mezclándose con el azul del crepúsculo que empieza a imponerse, de forma suave e inevitable. Todavía algunos rastros del amarillo de la tarde se aferran a su ser, se reflejan en la cama y en las hebras de su cabello, pero la penumbra ya comienza a filtrarse.

El aire ya no es cálido ni luminoso; ahora es oscuro y frío. Una sensación glacial lo rodea; ese color. Queda suspendido en un silencio lúgubre, sin pensamientos claros, solo un vacío inmenso que se expande por las vigas de su casa. Por un momento cree de verdad que podría quedarse así, evaporarse del todo.

Pero el silencio lo irrita, lo abruma. Necesita llenarlo con algo.

Se sienta frente al escritorio con el impulso de escribir. La tinta azul tiembla en la punta de su pluma, y siente que el color lo observa. Quiere retratar lo que le pasa con los tonos, con la luz, con esa sensación de estarse disolviendo en ellos, pero cada vez se le hace más difícil expresarse. Las palabras no llegan; se le escapan antes de nacer, se deshacen, como si el azul también las reclamara suyas. Levanta la vista. La ventana está abierta, y el aire de la noche se cuela de forma casi imperceptible.

Afuera, el cielo se extiende como un lienzo inmenso, salpicado de luces que giran y titilan con una calma imposible. No puede distinguir si lo que ve es real o si el cielo entero se convirtió en pintura. Las estrellas parecen moverse, parecen respirar. Las pinceladas del cielo se arremolinan como si una fuerza invisible agitara todo el paisaje. El azul profundo se funde con espirales dorados, con remolinos blancos y sombras. Todo palpita, como si el universo tuviera pulso. Se queda inmóvil. Siente que cada color que alguna vez lo quemó, el oro del sol, el azul del crepúsculo, ahora lo contiene con una serenidad extraña. Ya no lo atormentan; simplemente abraza su coexistencia.

Por primera vez, no intenta capturar lo que ve. Ni pintarlo ni escribirlo. Solo observa, y en ese silencio que antes lo sofocaba, encuentra algo parecido a la paz, una armonía, una tregua con las emociones que siempre lo desbordan. Con esa inmensidad frente a sus ojos, comprende lo pequeña que es su existencia, apenas una partícula ínfima en medio de todo el resplandor que cubre el cielo.

Aunque la noche lo rodea, ya no se siente tan perdido dentro de ella.

andrómeda

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