No permitas que los lobos te intimiden;
son solo sombras bajo el plenilunio.
Persigue aquel verdadero espectro,
cual siembre en tu pecho, ciertamente,
el terror del origen.
Canta debajo de algún cálido ventanal,
con tu azulenco llanto de angel agotado,
bajo el silvestre gris lunar antes tus sienes
ellos acudirán —sin rostros— a tu salvación.
No te dejes vencer, reina pecadora;
concédeles apenas el fulgor de un instante.
No hay amor en aquellos paramos solitarios,
apenas verdades que acechan entre tus huesos,
y tales axiomas emergerán
cuando dejes de buscar
las cuerdas que aún te azotan.
Seamos Atlas entre tanta magnitud;
que el cielo no se derrumbe, al temblar,
entre tus pálidas y ofendidas manos.
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