Se hace de noche
y el sol aculta sus latidos
de mi carne.
Sus rayos vacíos no rozaron
ningún cabello ni celula
de mi sangre.
Solo contemplo sus nubes
rojizas como el pasto
tras caer en él,
sin pensar en los futuros
distantes.
Aterrizo en las plumas
de aquellas aver que pasaban
volando a su nido agradecidas
por llevar alimento a sus crías
sujetas en un árbol tremulante.
Pronto caerá
aquel sauce llorón
que sostenía debilmente
el mundo de sus hojas.
Con el tiempo se pudrió
y dejó de esperar
la llegada de su tala
sin pensar que solo con llorar
taló lentamente su tronco
hasta podrir con veneno su cabeza.
Ya no existe el pasto,
solo piedra fina
y yo, torpe,
voy descalzo por la vida.
Sigo divisando el cielo
con el sol ya oculto.
Se hizo de noche
y quieto
solo observo.
Observo hasta que mi piel
quite con el humo de mis ojos
cada espina.
Una vez ocurra eso,
que lo dudo,
seguiré caminando.
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